por Teixeira Coelho
El arte cambia con la tecnologĂa. Cambios radicales en la tecnologĂa conllevan cambios radicales en el arte. La tecnologĂa cambia el modo en el que se forman y presentan las relaciones sociales; entre ellas, el arte como representaciĂłn privilegiada desarrollada por el hombre y la sociedad. Esa es la conclusiĂłn ineludible de una nota de K. Marx en el capĂtulo 15, “Maquinaria y gran industria”, de El capital.
En esa nota, Marx observa que “la tecnologĂa pone al descubierto el comportamiento activo del hombre con respecto a la naturaleza, el proceso de producciĂłn inmediato de su existencia y con esto, asimismo, sus relaciones sociales de vida y las representaciones intelectuales que surgen de ellas”.
A partir de ese fragmento de K. Marx se puede concluir, en otras palabras, que los cambios en la tecnologĂa modifican las relaciones sociales y las representaciones que surgen de ellas, entre las que se encuentran la cultura y el arte. En estos primeros años del siglo XXI está teniendo lugar uno de los cambios tecnolĂłgicos más profundos de la historia de la humanidad, probablemente el más profundo: estamos en el umbral de la creaciĂłn de una inteligencia artificial capaz de superar la inteligencia humana y de convertir al hombre en un elemento secundario o insignificante de lo que suceda en la Tierra. Los cambios en el arte, en principio, serán de igual magnitud.
Cabe esperar que esos cambios sean de magnitud aún mayor si se tiene en cuenta que hay otros factores que ya están dirigiendo el arte hacia esa nueva configuración, con independencia de los cambios tecnológicos que tienen lugar en paralelo. Un solo fenómeno no suele ser el único responsable de un cambio profundo, aunque pueda ser un factor determinante. La nueva configuración a la que me refiero es la negación del arte, el fin del arte como lo conocemos, la aparición de un nuevo estatuto para el arte.
El arte no siempre ha existido como se ha conocido despuĂ©s del siglo XVI y, especialmente, desde las Ăşltimas cuatro dĂ©cadas del siglo XIX, momento en el que naciĂł en la modernidad que conocemos y practicamos; hablamos del arte tal y como pasĂł a ser conocido a partir del perĂodo enmarcado por los años 1863 (Manet, DĂ©jeuner sur lÂ’herbe y Olympia) y 1872 (Monet, Impression soleil levant).
El hecho de que a lo largo de la historia de la humanidad el arte no siempre haya existido como lo conocemos hoy implica que no hay nada que indique que vaya a seguir existiendo del mismo modo mucho después de esta segunda década del siglo XXI, para dar un referente temporal más estricto.
Los ciento cincuenta años cubiertos por ese intervalo constituyen de hecho la duraciĂłn tĂpica de una idea en el ámbito del pensamiento filosĂłfico al que pertenece la estĂ©tica nacida en el siglo XIX; muchas ni siquiera alcanzaron ese lĂmite. Lo demuestran con elocuencia K. Marx y S. Freud, no todas sus aportaciones superaron incĂłlumes ese perĂodo.
Sin entrar de lleno en el ámbito de las innovaciones tecnolĂłgicas actuales, el paradigma del arte como lo conocemos hoy, ahora en jaque, comprende tres principios claros: autorĂa reconocida y celebrada; cuestionamiento de la propia idea de arte y de la sociedad; renovaciĂłn constante de los principios formales y de los contenidos admitidos.
Abordemos en primer lugar el segundo principio: el arte como cuestionamiento de la sociedad y del arte propiamente dicho, que aquĂ me interesa especialmente. A mediados del siglo XIX, el arte conquista lo que pasa a conocerse como autonomĂa, un resultado no muy alejado en el tiempo de las distinciones y separaciones fundamentales que proponĂa la IlustraciĂłn para la sociedad occidental moderna: separaciĂłn entre Iglesia y Estado, Iglesia y ciencia, Iglesia y arte, moral y arte, moral y ciencia, Estado y arte, Estado y ciencia, y entre las distintas combinaciones de esos tĂ©rminos.
El artista ya no necesita prestar sus servicios a la Iglesia y la aristocracia, ya no necesita pintar o esculpir lo que interesa a otros, puede desarrollar el arte que a Ă©l le guste, su arte tal y como desee concebirlo. La IlustraciĂłn ofreciĂł al artista libertad en las ideas y prácticas del arte, al tiempo que un mercado más amplio y activo le ofreciĂł una libertad econĂłmica que antes pocos habĂan conocido.
La Iglesia, la aristocracia, el Estado, incluso la burguesĂa dejan de definir los temas. No más representaciones de santos, reyes y hazañas militares. Se acabĂł el elogio obligatorio, el defender causas o perspectivas que no fueran las suyas, las del artista.
Para entender el concepto de modernidad tambiĂ©n hay que tener en cuenta cĂłmo el artista, el poeta, el crĂtico, el intelectual rechaza la modernidad propiamente dicha, las caracterĂsticas de la nueva vida. Entre ellas, una ciudad agitada (que causa el spleen de Baudelaire), sucia y poco amistosa; una burguesĂa poco ilustrada; una manera de relacionarse con el mundo que aparece como el embriĂłn que se desarrollará exponencialmente durante el siglo siguiente, hasta alcanzar la consagraciĂłn actual del consumismo y la distorsiĂłn de los efectos de mundo y de discurso impulsada por las mal llamadas “redes sociales”.
Es posible que el arte de esos primeros momentos de la Edad Moderna no se alzara directamente contra la sociedad, pero sà que le da la espalda con decisión. Entre los numerosos ejemplos se encuentran los nombres más relevantes de la época: Monet y Manet, asà como Cézanne, Van Gogh o Gauguin , en una tendencia que se intensifica a medida que el siglo se acerca a su final simbólico y simbólicamente entra en el siguiente.
Darle la espalda a la sociedad, aun sin atacar directamente sus representaciones y valores (algo que harán a partir de principios del siglo XX Picasso, Malevitch, los expresionistas alemanes y otros) todavĂa no significa el fin del arte ni su disoluciĂłn (Auflösung), como sugerĂa Hegel.
El arte anterior podĂa estar disolviĂ©ndose; no obstante, el arte de esos Ăşltimos años del siglo XIX estaba en manos de un artista que consideraba cosa del pasado el ser prisionero de un contenido y un modo de representaciĂłn predeterminado, que convertĂa su idea del arte y su práctica del arte en un instrumento que podĂa emplear con libertad, de acuerdo con una subjetividad de horizonte ampliado.
Arte y cultura
La nociĂłn de cultura que la polĂtica cultural aplicará a lo largo de todo el siglo XX y que sigue insistiendo en aplicar en estos primeros años del siglo XXI surge durante el mismo perĂodo en el que empieza la modernidad en el arte.
La obra emblemática de esa nociĂłn de cultura, publicada en 1871, será Primitive Culture , de E. B. Tylor, cuya descripciĂłn de cultura no ha dejado de planear sobre el espĂritu de gestores culturales e ideĂłlogos de la cultura de todas las tendencias: “entendida en su sentido etnográfico más amplio, [cultura] es el complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, las leyes, las costumbres y cualquier otra práctica y hábito adquirido por el hombre en su calidad de miembro de la sociedad”.
Esta descripción, si no definición de cultura (noción que Tylor equipara con la de civilización, algo lejos de inofensivo para la mentalidad alemana de la época) integra claramente el arte en el ámbito de la cultura como producto del hombre en su calidad de miembro de la sociedad.
La cuestiĂłn es que, justo en ese momento, el artista empezaba a abandonar su condiciĂłn de miembro de aquella sociedad y de “su” sociedad para desplazarse hacia otro territorio, un territorio autĂłnomo desde el que no solo afirmaba su independencia de la sociedad, sino que le declaraba la guerra, llevando consigo la nueva nociĂłn de arte.
El “Ă©pater le bourgeois” no es más que una señal exterior y superficial de una actitud mucho más profunda, cuyo objetivo era hacer tambalear los cimientos de las nociones de arte y sociedad. Al contrario de lo que sucede con la cultura, cuyo principio o razĂłn de ser es aproximar el individuo a la sociedad hasta fundirlos en uno, de modo que amparar y confortar a la sociedad es amparar y confortar al individuo y viceversa, la energĂa de la nueva nociĂłn de arte proviene de la separaciĂłn de sociedad e individuo (y el artista es el individuo por excelencia, idealmente el Ăşnico individuo posible).
Mientras que la cultura acoge al individuo, el arte lo desestabiliza y lo rechaza. La noción de cultura como instrumento potente de integración (que es como funciona en la sociedad primitiva estudiada por Tylor) será de especial interés para el Estado moderno , que surge prácticamente en ese momento: Italia nace como reino unificado en ese mismo 1871, año en el que también se unifica Alemania.
Al Estado que “quiere ser siempre Uno” le interesa una cultura que integre todos los vectores y todos los valores, entre ellos el arte. Para todos los ideĂłlogos del Estado y la cultura, con frecuencia representados por la misma persona, es más que conveniente que tambiĂ©n el arte se una a ese complejo, funcionando al unĂsono.
Tyler no vio en el arte el objeto de estudio autĂłnomo que proponĂa la sensibilidad de la Ă©poca, anclada en el artista, y por eso no vio que el arte ya era otro en el momento de publicarse su libro. Los ideĂłlogos del Estado y la cultura tampoco tenĂan conocimiento ni interĂ©s en ese hecho, se orientaban hacia la cultura que ya habĂa sucedido en el pasado, un error cometido de forma cada vez más consciente y con consecuencias cada vez más trágicas tanto para el futuro inmediato como a largo plazo.
A un Estado obsesionado, por motivos de supervivencia, con la delimitaciĂłn de sus fronteras fĂsicas e identitarias basándose en el juego maniqueo de Nosotros vs Ellos y que quiere ignorar a toda costa la elocuente advertencia de Claudio Magris de que las fronteras siempre exigen tributos de sangre, solo le podĂa interesar un arte integrado, algo que el arte ya no era y que dejarĂa de ser cada vez más.
El arte habĂa dejado de depender de instituciones ajenas. En ese momento estaban surgiendo otras instituciones que tenĂan potencial para someter al arte y al mismo tiempo, paradĂłjicamente, le concedĂan más margen de maniobra: la casa de subastas Christie’s, fundada en 1766, que se convertirĂa en un pilar del comercio internacional de arte basado en Londres despuĂ©s de la RevoluciĂłn Francesa de 1789, o su rival SothebyÂ’s, existente desde 1744 y que asumiĂł su forma empresarial actual a partir de 1804.
Esas instituciones, en otras palabras, el mercado, fueron las que permitieron que el arte declarara su independencia conceptual y econĂłmica de la sociedad, una sociedad que habĂa dejado de ser objeto de elogio para convertirse en objeto pero sĂ de confrontaciĂłn y, en ocasiones, de repudio y desprecio.
A partir de ese momento empieza a cobrar fuerza la nociĂłn de arte que dominará todo el siglo XX: bĂşsqueda de nuevas formas, nuevos medios y nuevos contenidos; contestaciĂłn, liberaciĂłn, innovaciĂłn, invenciĂłn original; ampliaciĂłn del ámbito de presencia del ser libre e independiente, capaz de pensar por sĂ mismo (caracterĂstica que no es ajena al movimiento de Lutero, siglos antes).
En sentido amplio, ese intervalo ha durado los últimos ciento cincuenta años; en sentido estricto, empero, la edad dorada de esa tendencia tuvo una vida más bien corta: entre 1911 y 1921, Malevitch (con su Cuadrado negro) y Duchamp (Rueda de bicicleta, Fuente, Why Not Sneeze Rrose Sélavy?) propusieron lo que hoy se puede describir como el horizonte insuperable del arte contemporáneo, parafraseando la observación de J.-P. Sartre sobre el marxismo de su época.
Ese horizonte cubre la casi totalidad del arte actual que vale la pena de mencionarse, el arte de vanguardia; son pocas las formas nuevas, como la performance, que se incorporan a este marco para modificarlo de algĂşn modo y eso, para profundizarlo en la misma direcciĂłn. Un marco ignorado ampliamente por la polĂtica cultural de anclaje estatal, que pretendĂa hablar sobre arte, para el arte y por el arte, pretendiendo que el arte seguĂa teniendo las mismas aspiraciones y funciones que la cultura .
La disoluciĂłn del arte contestatorio
Dejando de lado los intentos de someter el arte a la voluntad del Estado o del Partido manifestadas en la Rusia comunista, la Italia fascista, la Alemania nazi y la China comunista de Mao en 1949 (y de forma constante en muchos otros lugares), a partir de finales de los años 50 del siglo XX empezó a hacerse sentir una reacción sistémica cuyo objetivo era reincorporar el arte a la cultura, especialmente con la revolución cubana y, después, con los movimientos izquierdistas marcados por momentos como la llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela en 1999 y de Lula en Brasil a partir de 2003.
Distintas doctrinas buscaron encarrilar de nuevo el arte por la senda de la cultura. Muchas veces por ignorancia histĂłrica, otras de forma intencionada, doctrinas como la de identidad nacional rediviva o, más recientemente, la defensa de una diversidad cultural que solo con esfuerzo se distingue de la nociĂłn de un complejo de identidades particulares y particularizadas, o la defensa de lo polĂticamente correcto buscaron llevar otra vez el arte a la senda de la cultura. Desde entonces hasta ahora, viene sonando alto y claro el toque de difuntos del arte tal y como lo ha conocido la humanidad desde la segunda mitad del siglo XIX.
Este nuevo ciclo de arte domesticado o de nuevo domesticable (y, por eso, un arte que derrapa sin control en la direcciĂłn de la cultura) proporciona ahora mismo, en el segundo semestre de 2017, numerosos ejemplos de su fuerza. Si en el pasado se intentĂł menospreciar la obra de Ezra Pound, CĂ©line o Jorge Luis Borges recurriendo a la deriva más o menos acentuada de esos autores hacia la derecha (en contrapartida trágica a lo que se hizo con Eisenstein, que contĂł durante sus producciones con la presencia de comisarios designados como “inspectores residentes” para evitar posibles desvĂos formalistas del cineasta en filmes como Alexander Nevsky y El acorazado Potemkin y para garantizar una imagen adecuada de Stalin), las recientes manifestaciones contra realizadores como Roman Polanski y Louis C. K. pretenden, lisa y llanamente, eliminar sus obras (igual que se ha eliminado literalmente al actor Kevin Spacey de sus escenas en la nueva pelĂcula de Ridley Scott, All the Money in the World, que se estrenará en diciembre de este año 2017; un movimiento análogo a la eliminaciĂłn en las fotografĂas de la alta cĂşpula soviĂ©tica de los desafectos caĂdos en desgracia).
La defensa de la exhibiciĂłn de las pelĂculas de Polanski en la Cinemathèque de ParĂs hecha en noviembre de 2017 por la nueva ministra de cultura de Francia, una intelectual con una actuaciĂłn destacada al frente de la prestigiosa editorial Actes Sud, y por el director de cine Costa-Gravas, presidente de dicha Cinemathèque y con un pasado impecable a la izquierda del espectro polĂtico, no surtieron mucho efecto. Aunque ninguno de esos dos creadores cinematográficos, Polanski y Louis C. K., sean autores de obras contestatarias que encajen en el paradigma de arte contra la sociedad (tal vez con la excepciĂłn de Polanski al inicio de su carrera, con pelĂculas como El cuchillo en el agua), la señal de alerta está ahĂ: las obras de arte que de algĂşn modo, aunque sea por la identificaciĂłn forzada entre creador y obra, aparezcan como opuestas a proyectos culturales como los de identidad, diversidad, gĂ©nero y similares tienen los dĂas contados, al menos temporalmente.
En el caso de Brasil, la situaciĂłn la ilustran varios ejemplos de intolerancia radical contra obras de arte consideradas “peligrosas” porque presentan preferencias sexuales “heterodoxas” o porque su contenido se puede interpretar como un insulto a alguna religiĂłn; obras exhibidas en museos que, por lo demás, nada tienen de revolucionarios. No obstante, es obvio que el problema está lejos de afectar solo a los paĂses subdesarrollados.
Ahora todo es computable
El perĂodo de reconducciĂłn del arte a la senda de la cultura a partir de finales del siglo XX, por lo menos en ciertas regiones del mundo (pero, de nuevo, no solo en ellas), coincide con la nueva realidad cultural propuesta (y ya en fase de implantaciĂłn) por los nuevos medios tecnolĂłgicos, representados por la panoplia de posibilidades de los recursos informáticos: realidad aumentada, realidad virtual, inteligencia artificial, algoritmos, robots y dentro de poco (como todo hace creer) androides y replicantes como los que habitan o asombran Blade Runner 2049.
Varias ideas centrales se esconden tras la revoluciĂłn cibernĂ©tica. Una de ellas es la de programabilidad como principio general: todo lo que puede ser representado puede ser computable porque es programable. Otra idea es que tanto inteligencia como conciencia son cuestiĂłn de informaciĂłn; por lo tanto, informaciĂłn y conciencia son lo mismo, pueden ser representadas y, por lo tanto, computables y programables, con lo que desaparece del mapa (o se pretende borrar) la distinciĂłn entre cerebro y espĂritu, propia solo del ser humano.
La noción de inteligencia como resultado de la interacción con el mundo, ámbito histórico propio del artista moderno, cede terreno ante el concepto de inteligencia como programación y, por lo tanto, ante la noción de arte como programación; una programación capaz de programarse a sà misma con independencia del ser humano gracias a la automatización exponencial.
Cada vez son más frecuentes los ejemplos de programas informáticos capaces de analizar, sin intervenciĂłn humana, movimientos sĂsmicos inminentes y de enviar advertencias sobre los peligros que se avecinan; programas capaces de comprar y vender activos en bolsas de todo el mundo sin intervenciĂłn, análisis o decisiĂłn humana; programas capaces de redactar por sĂ solos informes econĂłmicos o, incluso, crĂticas de arte y programas de gobierno.
Que los ordenadores puedan escribir programas de gobierno no es sorprendente, dado lo pueriles y amorfos que son a lo largo de todo el espectro ideolĂłgico. En lo que respecta a las crĂticas de arte, terreno en el que un puñado de ideas preconcebidas basta para describir una exposiciĂłn, caben sin problema en un algoritmo, sobre todo en un momento en el que la crĂtica (de arte, de mĂşsica, de literatura) pierde cada vez más espacio en las publicaciones más “elitistas”, recurriendo al tĂ©rmino preferido de las izquierdas y derechas populistas.
Un profesor del INSEAD francés cuenta cómo desarrolló un algoritmo que le permitió publicar, sin intervención humana, miles de libros a la venta en internet, indistinguibles de los que son fruto de la inteligencia humana, o lo que queda de ella: cierto es que gran parte de la literatura actual, sobre todo la de best sellers, es un ejemplo de algoritmos no matemáticos que combinan un mismo conjunto de elementos o actantes siempre en acción.
De modo similar pero mucho más impactante, se entrega a algoritmos, cuya composición es mantenida en secreto por las empresas que los desarrollan, la facultad de sentenciar a acusados de delitos en los EEUU, despojando al acusado de su tradicional derecho a ser juzgado por sus pares y, en última instancia, por un juez que, al ser también humano, también es su igual. Eso no causa conmoción, sorpresa o indignación ni siquiera en el Tribunal Supremo estadounidense, que considera ese recurso como algo normal en los tiempos que corren.
Un arte de algoritmos
En el campo especĂfico de las artes visuales, antes conocidas como artes plásticas, la escena emergente es ya bien visible. Dos obras y dos artistas resumen con elocuencia las alternativas disponibles.
El irlandĂ©s Ruairi Glynn obtuvo reconocimiento internacional con su obra u “obra” Fearful Simmetry , simetrĂa temible, en la que se ve, en el interior de una sala oscura, un objeto en forma de tetraedro y con luz en su interior que parece deslizarse de forma autĂłnoma por el espacio situado sobre la cabeza de los espectadores, acompañándolos en sus desplazamientos: si el espectador se mueve en una direcciĂłn, el objeto luminoso lo acompaña; si corre, el objeto corre tras Ă©l; si ese espectador se detiene y otro se acerca, el objeto abandona al primero y sigue al segundo; si se hace un gesto en direcciĂłn del objeto, este retrocede; si los espectadores no se mueven, el objeto permanece inmĂłvil, inclinándose de un lado a otro frente al espectador, como suelen hacer los perros con la cabeza cuando les intriga algo que sucede ante ellos.
El modus operandi de ese ingenio es extremadamente simple y no voy a describirlo aquĂ, es preferible destacar que la tendencia antropomĂłrfica del ser humano identifica de inmediato una voluntad y un alma en el objeto cuyo funcionamiento no se comprende pero hechiza.
Otro artista bien conocido es el australiano Jon McCormack, con su obra u “obra” Eden, un “ecosistema” electrĂłnico interactivo donde un “mundo” visible en telas dispuestas verticalmente e interconectadas aparece poblado por pequeños cĂrculos vacĂos (o cĂ©lulas) cuyo comportamiento se basa en los principios evolutivos de Darwin: las cĂ©lulas devoran a otras cĂ©lulas, se aparean y generan nuevas cĂ©lulas, “adelgazan” en perĂodos de escasez y engordan en momentos de abundancia; la escasez y la abundancia las determinan el nĂşmero de visitantes en la sala: cuantos menos visitantes, menos alimento disponible; cuantos más visitantes, más alimento para las cĂ©lulas.
Detalle: si no hay visitantes humanos en la sala o si los visitantes se alejan de la tela, las cĂ©lulas emiten distintos sonidos que atraen a los espectadores, interesados en ver quĂ© ocurre, y la reaproximaciĂłn de los espectadores genera alimento para las cĂ©lulas. Segundo detalle: la obra u “obra” se elaborĂł siguiendo algoritmos genĂ©ticos, cuyos efectos no habĂan ni podĂan haber sido previstos con anterioridad por el autor o “autor” de la obra, un autor humano que dio origen a todo pero no controla ese todo.
Los ruidos emitidos por las cĂ©lulas, su movimiento, el acercamiento entre ellas, todo son posibilidades escritas originalmente en el programa pero con desdoblamientos imprevisibles que el propio autor o “autor” desconoce y que le sorprenden a Ă©l mismo, retirando de escena, al menos parcialmente, la intencionalidad de la creaciĂłn humana.
En esas dos obras , y en otras del gĂ©nero, no existe el menor rastro de rechazo o crĂtica a la sociedad ni al arte tradicional no electrĂłnico anterior o vigente.
Al contrario, se constata incluso una adhesión tranquila a los parámetros y propuestas de la nueva sociedad tecnológica que se está instalando. La relación entre arte y sociedad a lo largo del Renacimiento y del Barroco parece haber sido semejante.
La Ăłpera barroca fue el matrimonio perfecto entre el arte del momento, la tecnologĂa del momento y la sociedad del momento. Una Ăłpera de Handel parecĂa sentirse tan a gusto en su Ă©poca tecnolĂłgica como un montaje teatral renacentista representado en el teatro de Palladio en Vincenza, con su escenario en perspectiva, un juguete obvio, un divertissement en sĂ mismo, un technological toy, un game tan encantador como nos parece hoy el tetraedro iluminado de Fearful Simmetry.
En el nuevo arte digital (o “arte” digital) no hay ningĂşn rechazo ni aversiĂłn a la sociedad o a los tiempos contemporáneos de la sociedad ni tampoco se rechaza el arte anterior, simplemente se ignora: el nuevo arte o “arte” (nunca el termo techné fue tan apropiado) pertenece a otra dimensiĂłn, otro mundo, otro universo. Donde sĂ hay elementos de crĂtica a la sociedad construida con los nuevos recursos tecnolĂłgicos, en cierto modo análoga a la que marcĂł los Ăşltimos años del siglo XIX y los primeros del XX, es en el mundo del cine, donde pelĂculas como Blade Runner 2049 no existirĂan sin los nuevos programas digitales, aunque tanto en ese caso como en otros la sofisticaciĂłn y complejidad sea mucho menor que en el Eden de Jon McCormack.
Eso no excluye la posibilidad de que el cine sea o se convierta en la nueva forma de expresiĂłn artĂstica del siglo XXI, ahondando en una tendencia que ya lo caracterizĂł durante el siglo XX. No es solo porque el cine sea el nuevo arte de masas, igual que la Ăłpera lo fue en su tiempo y las catedrales en una Ă©poca anterior: existen razones internas, intrĂnsecas, formales, estĂ©ticas, para que asĂ sea.
Eric Hobsbawn llamó la atención, en su conferencia Behind the Times: The Decline and Fall of the XXth Century Avant-Gardes, sobre el hecho de que todas las innovaciones, revoluciones y aspiraciones con las que el arte soñó en su momento de vanguardia, entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, fueron puestas en práctica, desarrolladas y radicalizadas precisamente por el cine. Además, también las resoluciones formales y tecnológicas del teatro barroco encontraron combustible y espacio de desarrollo en ese mismo cine.
En realidad, hay más de un aspecto por el que MetrĂłpolis, de Fritz Lang, en su gĂ©nero, y las mejores pelĂculas de Godard, en otra vertiente, aparecen como horizontes soñados por el arte visual o plástico en su pintura y escultura (y tambiĂ©n por la literatura), pero fuera de su alcance.
Gracias a lo digital y, en tĂ©rminos más amplios, lo computacional (más aĂşn con sus nuevas aplicaciones cuánticas, que a su vez barrerán del mapa aquello que tanto nos está costando entender como digital), la sociedad vuelve a reconciliarse con su arte y, tal vez todavĂa más significativo, el arte se reconcilia con su tiempo y su sociedad.
No obstante, independientemente de cĂłmo se analice la cuestiĂłn, lo cierto es que lo que ahora se empieza a entender como arte y a esperar del arte es muy diferente de lo que se entendiĂł por arte (arte de vanguardia) durante los 150 años anteriores. Será necesario modificar la idea aĂşn prevalente de arte, en realidad atacada por todos los flancos, entre ellos el de la polĂtica de las identidades, las diversidades y lo polĂticamente correcto.
La disoluciĂłn del autor y de la intenciĂłn
Las caracterĂsticas del nuevo arte (o “arte”) no aparecen solo en la dimensiĂłn del gestor creador y su orientaciĂłn. Las ideas modernas sobre el autor y la autorĂa de las obras de arte están presentes desde la obra de Vasari Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, surgida en 1550 en la Toscana, el Silicon Valley del arte en aquella Ă©poca, y se fueron consolidando a lo largo de los siglos siguientes hasta desembocar en las ideas de Autor y Artista consagradas por la Edad Moderna.
A mediados del siglo XX esa idea empezĂł a ser erosionada, destacando los primeros avances impactantes de Michel Foucault. En su conferencia de 1969 titulada “ÂżQuĂ© es un autor?”, Foucault aislaba algunas caracterĂsticas problemáticas de la autorĂa y del proceso de creaciĂłn:
1) es imposible considerar la idea de autor como una descripción definida, aunque también es imposible tratarla como un nombre común;
2) el autor no es ni el propietario ni el responsable de sus textos, no es ni su productor ni su inventor;
3) la atribuciĂłn de la autorĂa es el resultado de operaciones crĂticas complejas y raramente justificadas;
4) la posición del autor es en todo lábil e incierta en los más diversos tipos de textos y contextos.
Si Foucault hubiera vivido para conocer la realidad actual de los algoritmos genĂ©ticos (como los activos en una obra como Eden) habrĂa visto enteramente confirmados sus puntos de vista sobre el autor; los puntos de vista que el autor de Historia de la locura proponĂa en los años intranquilos y estimulantes de la segunda mitad de la dĂ©cada de los 60 entraban en escena como un autĂ©ntico drama para la intelligentsia.
Ese drama podĂa plasmarse en dos preguntas fundamentales: ÂżquiĂ©n habla, detrás de una obra? Y Âżhasta que punto es importante quiĂ©n habla? Hablar es importante, quiĂ©n lo hace no tanto.
La falta de importancia absoluta del creador de la obra, de su “autor” Âżes acaso un vestigio en Foucault de la idea de PlatĂłn sobre la importancia de la obra, sobre todo cuando es “de arte”, y la no importancia de su creador, de su “autor? Tal vez.
El hecho permanece: en el arte o “arte” de los nuevos tiempos tecnolĂłgicos, sobre todo con algoritmos genĂ©ticos, el autor o “autor” no controla la totalidad del proceso que pone en marcha y no puede prever el resultado al que llegará dicho proceso.
TĂ©cnicamente, el algoritmo genĂ©tico pertenece al ámbito de la metaheurĂstica inspirada por el proceso de selecciĂłn natural que permite obtener soluciones optimizadas para la resoluciĂłn de problemas mediante operadores bioinspirados (del tipo mutaciĂłn, hibridaciĂłn y selecciĂłn) no descritos e inscritos en potencia en el programa inicial.
Son pocas las caracterĂsticas centrales visibles hoy en cualquier versiĂłn de Eden, elaborada siguiendo el principio de los algoritmos genĂ©ticos, previstas por su autor o “autor”; por ejemplo, los sonidos y ruidos extraños que convocan a los espectadores para que vuelvan a acercarse a la tela y asĂ “alimenten” a las cĂ©lulas o cĂrculos que hibernan en invierno y necesitan volver a alimentarse para permanecer “vivas” durante la estaciĂłn siguiente.
¿Quién es en realidad el autor de Eden, cuál es la participación efectiva del individuo humano Jon McCormack en el proceso que lleva a los visitantes de la sala de exposiciones a contemplar las formas mutantes de Eden?
ÂżQuiĂ©n o quĂ© habla por detrás de esa obra? Sin la figura de Jon McCormack y sin el programa inicial por Ă©l formulado no habrĂa nada en esa sala, pero Ă©l no es ni de lejos la causa suficiente de la existencia de Eden.
El proceso de chance & choice, azar y elecciĂłn, nunca habĂa quedado tan claro como ahora. A mediados de los 60, Max Bense condensĂł de forma singular los principios de estĂ©tica informacional plasmados, por ejemplo, en su libro Pequeña estĂ©tica , que tuvo amplias repercusiones en general y en Brasil en el grupo de poetas concretos reunidos en torno a Haroldo de Campos, DĂ©cio Pignatari y Augusto de Campos, un grupo para el que la idea central de chance & choice desempeñaba un papel decisivo en un momento en el que el ordenador aĂşn era una máquina extraña anclada en un laboratorio, demasiado alejado del ordenador domĂ©stico que empieza a hacer mayor acto de presencia veinte años despuĂ©s, a mediados de los 80.
Hoy obras como Eden permiten ver con claridad el verdadero significado de chance & choice. La idea de autor está sufriendo un proceso evidente de Auflösung, la disolución de la que hablaba Hegel en relación con el arte, muchas veces traducida equivocadamente por muerte: en tiempos de Hegel el arte no estaba muriendo pero sà disolviéndose, igual que hoy el arte conocido como tal y su autor experimentan un proceso de difuminación.
FenĂłmenos como Creative Commons incentivan dicho proceso, en ese caso por motivos más ideolĂłgicos que especĂficamente tĂ©cnicos y tecnolĂłgicos, aunque estos puedan influir en aquellos como representaciĂłn de las relaciones sociales.
eArte
A principios del siglo XX, las poderosas vanguardias artĂsticas empezaban a disolverse justo despuĂ©s de su momento culminante; y a principios del siglo XXI, la nociĂłn misma de arte tal y como lo hemos conocido durante 150 años se ve afectada por un proceso análogo de diluciĂłn o por un segundo proceso de diluciĂłn, para darle la razĂłn a Hegel.
Cambia el contenido y la actitud en relación a la sociedad y al arte igual que cambia la forma (ahora es necesario hablar de formato), el soporte, los medios de producción.
Si para el siglo XX arte era aquello, lo que ahora empieza a presentarse como arte, y no es aquello, deberĂa adoptar otra denominaciĂłn si se quiere respetar el rigor de la terminologĂa cientĂfica.
En su defecto, se habla, por ejemplo, de “arte”, entre comillas. (Techne sigue siendo una denominaciĂłn apropiada.) Permanecen sin duda activos todos los procesos del arte previo, como una especie de fantasma o espĂritu casi incorpĂłreo que se comporta o pretende comportarse como si aĂşn existiera, algo natural en la dinámica cultural.
Sigue habiendo galerĂas y bienales y revistas de arte (que caen cada vez más en desgracia, no solo por formar parte del espectro de la prensa en general) y subastas; si una obra de valor estĂ©tico discutible como el Salvator Mundis, supuestamente de Leonardo da Vinci, pudo venderse este mes de noviembre de 2017 por unos alucinantes 450.312.500 USD (de los cuales poco más de 50 millones de dĂłlares son la comisiĂłn de la casa de subastas ChristieÂ’s), queda clara la señal de un esfuerzo desesperado por creer que algunas cosas aĂşn tienen valor más allá de la simple rareza del objeto.
Sin embargo, el impulso creativo en la lĂnea de aquello que un dĂa fue arte se agota: la aplastante mayorĂa de la producciĂłn artĂstica contemporánea se enmarca en el paradigma propuesto por Duchamp y otros incluso anteriores.
El arte de base computacional hoy en gestación se encuentra en un territorio en realidad abandonado, un territorio ya arrasado por diferentes ejércitos invasores.
Las crĂticas a un arte y a artistas que han abandonado el espĂritu inconformista propuesto desde finales del siglo XIX para entregarse al mercado pasan a ser irrelevantes, porque el problema no reside ahĂ.
El nuevo arte electrĂłnico o el nuevo “arte” electrĂłnico, el eArte, no está en el mercado, no vive en el mercado, no depende del mercado; sus proponentes, para no decir sus autores, suelen vivir de otra cosa (becas de investigaciĂłn, docencia en universidades, creaciĂłn tecnolĂłgica en laboratorios de innovaciĂłn, patentes).
Es cierto que de vez en cuando algo nuevo, perteneciente a ese tipo de nuevo, se vende en el mercado: artistas como la brasileña Regina Silveira entregan a sus (pocos) compradores capaces de aceptar esa propuesta DVDs que contienen el archivo de la “obra” propuesta, sin que haya una obra fĂsica que cambie de manos.
La “obra” asĂ vendida y posteriormente instalada por el propio comprador no tiene carácter de una cosa definitiva, no es más que una copia de una matriz susceptible de ser replicada un sinfĂn de veces si, por ejemplo, se borra de la pared (se destruye) para sustituirla por otra y luego se vuelve a producir y colocar en la misma pared.
No obstante, aĂşn es muy poco habitual que un coleccionista privado tenga montada en su casa una versiĂłn de Eden o de Fearful Simmetry; para un museo es algo posible y natural, para un coleccionista no. ÂżSeguirá habiendo coleccionistas? En esa misma lĂnea, es posible suponer o prever la venta, en tiendas virtuales, de algoritmos genĂ©ticos parcialmente desarrollados, que el comprador descargará en su ordenador para luego comprobar en quĂ© se acaban convirtiendo.
Un algoritmo genético, por definición, elimina la intención y la voluntad humanas, desplazadas por el predominio de las ecuaciones matemáticas.
Un Ăşnico algoritmo genĂ©tico bien programado como punto de partida podrĂa generar, incluso, una multitud imprevisible, tal vez infinita, de obras “de arte”, hasta el punto de que un Ăşnico algoritmo genĂ©tico podrĂa ser capaz de satisfacer la demanda de arte o “arte” de toda la humanidad (suponiendo que siga existiendo) durante todo el tiempo previsible, asĂ como prever, por computaciĂłn y cálculo de probabilidades, cuál podrĂa ser el prĂłximo paso estĂ©tico (la prĂłxima “innovaciĂłn artĂstica”) y darlo de forma inmediata.
Si no existiera la humanidad, ese potente algoritmo podrĂa satisfacer la demanda de los robots, androides o replicantes que la sustituyan, suponiendo que sigan necesitando o deseando arte o “arte” despuĂ©s de haber descartado a la humanidad con la misma falta de ceremonia con la que la humanidad descarta a las hormigas.
En ese momento, y aun existiendo la humanidad, la idea de autor desaparecerá por completo, ya que todos los poseedores de una copia de ese algoritmo serán los autores de sus “obras” respectivas, dejando de tener sentido hablar de un autor.
Es posible asimismo que surja o se imagine un Ur-Artista, un Super-Artista, una Fuente Primera, una Divinidad responsable de todo el conjunto de “arte” y “artistas” repartidos y aislados en sus celdas o cĂ©lulas individuales, como describiĂł E.M.Forster en su magistral The Machine Stops, con sus obras “de arte” personales que cada uno enseñará a los demás por internet, en un proceso no muy distinto del intercambio actual de fotografĂas por Facebook o Instagram, un proceso que ya no será análogo en absoluto al conocido durante el siglo XX y que Ăşnicamente adoptará la forma de una fantasmagorĂa.
Kairòs
Los interrogantes siguen surgiendo: el arte que surgiĂł despuĂ©s de la primera Edad Moderna, constituida por el perĂodo entre Renacimiento y Neoclásico, y que empezĂł a existir en la segunda mitad del siglo XIX, Âżfue peor que el arte que lo precediĂł, precisamente el arte renacentista, barroco, neoclásico?
Los contemporáneos (el pĂşblico, los coleccionistas de arte, los artistas y crĂticos “acadĂ©micos”) de Manet, Monet, Van Gogh, CĂ©zanne y Picasso (que pasĂł nueve años sin exponer pĂşblicamente su Las señoritas de Avignon, de 1907, por temor a la reacciĂłn que pudiera provocar) consideraron rotundamente que sĂ, que el nuevo arte era peor, infinitamente peor que el anterior; tenĂan la certeza de que el nuevo arte se habĂa vuelto vulgar, inconsecuente, insultante.
Monet fue considerado un horror, un pĂ©simo emborronador de lienzos, un anti-artista; actualmente es uno de los pintores más admirados por su arte, hoy considerado pacĂfico y tranquilo y soberano y de una belleza devastadora.
El nuevo “arte” de los nuevos medios tecnolĂłgicos, de una nueva tecnologĂa que pone al descubierto el comportamiento del ser humano (que necesitará un nuevo concepto para definirlo ante el robot, el androide y el replicante que se aproximan) con respecto a la naturaleza (que tambiĂ©n necesitará un nuevo concepto), que revela el nuevo proceso de producciĂłn inmediato de su existencia (o no) y con esto, asimismo, el nuevo modo de formaciĂłn de relaciones sociales entre seres humanos y las representaciones intelectuales que surgen de ellas, no será necesariamente peor que el arte del Tiempo HistĂłrico de las Vanguardias entre el siglo XIX y principios del XX. Tampoco será mejor, será otra cosa, será arte o “arte”.
Tal vez suceda con las artes visuales lo que sucediĂł con la mĂşsica hoy llamada erudita: hasta el siglo XIX, la humanidad siempre escuchó mĂşsica contemporánea, la mĂşsica de su tiempo, la que se hacĂa en el momento y que era la Ăşnica susceptible de ser escuchada en el momento, al no existir medios que permitieran almacenar y reproducir la mĂşsica del pasado, al contrario de lo que fue posible despuĂ©s de la invenciĂłn del gramĂłfono, la gramola, el reproductor de DVD y MP3, etc.
La mĂşsica del pasado era simplemente desconocida porque no habĂa registros suficientes y los que habĂa no se podĂan interpretar adecuadamente.
Cuando la mĂşsica romántica pasĂł a dominar las salas de conciertos en el siglo XIX, incluso los mĂşsicos con experiencia no sabĂan cĂłmo tocar la mĂşsica barroca: los diapasones eran otros, los instrumentos eran distintos, no se entendĂan las escasas partituras del pasado; dominaba la mĂşsica de la Ă©poca. DespuĂ©s surgiĂł la mĂşsica contemporánea (tal y como se habla de arte contemporáneo): la mĂşsica concreta, la mĂşsica dodecafĂłnica.
Sin embargo, en ese momento la mĂşsica que dominaba la escena musical era la del pasado, la mĂşsica romántica junto, a mediados del siglo XX, a la mĂşsica barroca e incluso la medieval, hasta el punto de que hoy la “mĂşsica contemporánea” de Webern, Schoenberg y Berg, toda la Escuela de Viena, prácticamente ha desaparecido de las grandes salas pĂşblicas de conciertos; ahora se escucha la mĂşsica anterior, la mĂşsica del pasado.
La música contemporánea de vanguardia, la música de hoy, ha roto sus relaciones con el público.
¿Sucederá lo mismo con el eArte?
El Arte Heroico Contra la RevoluciĂłn Industrial, contra la burguesĂa, contra el mercado (aunque le venda al mercado), Âżvolverá a escena aunque se despida de los valores que lo marcaron en su propio tiempo? Como en el cuento Pierre Menard, autor del Quijote, de Borges, un libro que hoy reproduzca una copia del Quijote letra por letra, palabra por palabra, coma por coma, será totalmente distinto del Quijote de Cervantes porque la Ă©poca es otra, el contexto es otro, el lector es otro.
Hoy las multitudes acuden en masa al Museo de Orsay para ver a Monet, Manet, Van Gogh, pero lo que ven es un fantasma, no tiene nada que ver con lo que se vio allà mismo en Paris hace ciento cincuenta años. ¿Sucederá lo mismo con el eArte, es decir, se tornará invisible, cediendo posiciones ante los fantasmas del Arte Heroico?
La tecnologĂa es un marco que delimita, que encuadra al ser humano, anotĂł Heidegger, observando que la humanidad tiene que mostrarse capaz de navegar (quĂ© adecuado se revela hoy ese tĂ©rmino) por las peligrosas orientaciones de ese encuadramiento, ese colocar dentro de un marco propio de la tecnologĂa, porque solo en esa peligrosa orientaciĂłn y en ese momento (kairòs) puede salvarse la humanidad.
Cuando publicó La pregunta por la tĂ©cnica en 1954, Heidegger tenĂa en mente los peligros que en esa Ă©poca amenazaban a la humanidad como uno de los varios riesgos existenciales a los que se habĂa enfrentado a lo largo de su historia.
Las tecnologĂas de la informaciĂłn sitĂşan a la humanidad ante un nuevo e intensificado riesgo existencial porque, más allá de las cuestiones relativas al futuro del arte, es el propio futuro del ser humano el que está en juego.
La civilizaciĂłn del carbono creĂł una civilizaciĂłn de silicona que amenaza con barrer del mapa a la propia civilizaciĂłn que le dio origen. Heidegger pareciĂł creer que el marco de la tecnologĂa es siempre ambiguo y que es esa ambigĂĽedad la que paradĂłjicamente apunta al misterio de la revelaciĂłn, es decir, al misterio de la verdad que puede o podrĂa hipotĂ©ticamente alcanzarse si la humanidad se propusiera seguir el camino abierto por el arte para navegar por esa constelaciĂłn de ambigĂĽedades y si la humanidad se propusiera seguir al artista porque es el artista o poeta, el autor de la poiesis, el que revela el mundo tal y como es en el proceso con el que el mundo se desvela a sĂ mismo.
Hoy, ese fragmento de Heidegger corre el riesgo de sonar vergonzosamente ingenuo y propio de un wishful thinking carente de respaldo factual. Heidegger no podĂa vislumbrar los horizontes ampliados de las tecnologĂas de la informaciĂłn y el destierro de la voluntad humana que prometen las nuevas tecnologĂas.
Desde ese prisma, el marco de las tecnologĂas computacionales deja de ser ambiguo, como planteaba el pensador, y se convierte en simplemente decisivo.
¿Qué quiere el ser humano del nuevo arte en clave tecnológica?
¿Qué puede el hombre proponer aún como nuevo arte?
El tiempo se acaba, este marco podrĂa ser el Ăşltimo.
Fuente: http://atalayagestioncultural.es/capitulo/el-marco-decisivo