Ischgl

por Elda Cantú


Al menos mil personas de decenas de países intentarán demandar al gobierno de Austria porque miles de aficionados al esquí se infectaron tras visitar la estación turística de Ischgl, donde las autoridades minimizaron la amenaza del coronavirus.

Ciertamente, el gobierno austriaco no ha sido el único en mantener fronteras abiertas en la pandemia. Durante décadas, las políticas de salud pública globales potenciaron el turismo mundial masivo con llamados a favor de las fronteras abiertas, incluso durante los brotes de enfermedades.

Ischgl
El pueblo comenzó a cambiar en la década de 1990, cuando surgieron nuevos hoteles que parecían chalets y estaban ubicados a lo largo de las calles estrechas.

Pero entrevistas con más de una veintena de expertos, además de una revisión de informes públicos de salud y estudios científicos, muestran que la recomendación no estaba basada en la ciencia sino en intereses políticos y económicos.

En Estados Unidos, mientras tanto, la Casa Blanca tuvo que enfrentarse a la realidad tras un largo periodo de negación frente al virus, cuando el presidente Trump y la primera dama dieron positivo junto con muchos otros asesores cercanos al mandatario.

Exasesores afirmaron que este acontecimiento fue el resultado de la imprudencia y la cultura vertical de miedo que Trump creó en la Casa Blanca. Desde el inicio de la pandemia, el presidente apoyó vigorosamente el regreso a la normalidad y, horas antes de dar positivo al coronavirus, afirmaba que el fin de la pandemia estaba cerca.

Ahora, su contagio y los riesgos que enfrenta se han vuelto asuntos que van más allá de la seguridad nacional, la incertidumbre electoral y el desplome económico. Son un recordatorio de que la salud y la vida humana son universalmente frágiles.

Fuente: The New York Times

Más: https://www.nytimes.com/es/2020/10/05/espanol/coronavirus-casa-blanca-trump.html


El esquí y las fiestas siembran la pandemia: las reglas de viaje que permitieron que se desatara la COVID-19


por Selam Gebrekidan, Katrin Bennhold, Matt Apuzzo y David D. Kirkpatrick

El pueblo de Ischgl, Austria, es la puerta de entrada a una de las estaciones de esquí más populares del Tirol.

ISCHGL, Austria — Llegaron desde el otro lado del mundo para esquiar en los centros turísticos más famosos de los Alpes austriacos.

Jacob Homiller y sus amigos de la universidad viajaron en avión desde Estados Unidos. Jane Witt, catedrática jubilada, llegó desde Londres para asistir a una reunión familiar. Annette Garten, la directora de la división juvenil de un club de tenis en Hamburgo, Alemania, iba a celebrar su cumpleaños con su esposo y sus dos hijos mayores.

Eran finales de febrero y principios de marzo, y ellos sabían que el coronavirus se estaba propagando en el cercano norte de Italia y tras la otra frontera en Alemania, pero nadie estaba alarmado. Los funcionarios austriacos les restaron importancia a las inquietudes mientras los turistas se apiñaban en los teleféricos de día y en los bares de noche, después de esquiar.

“El mundo entero se reúne en Ischgl”, dijo Garten.

Luego todos regresaron a casa sin saber que también llevaban el virus. Miles de esquiadores que se contagiaron en Ischgl o en los poblados circundantes, propagaron el coronavirus por más de 40 países en cinco continentes. Muchos de los primeros casos detectados en Islandia se rastrearon hasta Ischgl. En marzo, casi la mitad de los casos en Noruega estaban relacionados con las vacaciones de esquí en Austria.

A nueve meses del comienzo de un brote que ha cobrado más de un millón de vidas en todo el mundo, Ischgl es el sitio donde la era del turismo global, favorecida por las tarifas aéreas baratas y las fronteras abiertas, colisionó con una pandemia. Durante décadas, conforme el comercio y el turismo unían cada vez más al mundo, las políticas de salud pública, plasmadas en un tratado, potenciaron el turismo mundial masivo con llamados a favor de las fronteras abiertas, incluso durante los brotes de enfermedades.

Cuando el coronavirus surgió en China, en enero, la Organización Mundial de la Salud no vaciló al recomendar que no se restringieran los viajes.

Sin embargo, ahora es evidente que esa política buscó satisfacer intereses políticos y económicos más que de salud pública.

Los registros de salud pública, montones de estudios científicos y entrevistas con más de una veintena de expertos demuestran que la política del turismo sin restricciones nunca se basó en ciencia dura. Fue una decisión política, disfrazada de recomendación de salud, que surgió después de un brote de peste en la India en la década de los noventa. Para cuando apareció la COVID-19, ya se había convertido en un artículo de fe.

“Es parte de la religión de la salud global: las restricciones comerciales y de viaje son malas”, dijo Lawrence O. Gostin, profesor de derecho de la salud global en la Universidad de Georgetown, quien ayudó a redactar las reglas globales conocidas como el Reglamento Sanitario Internacional. “Soy uno de los feligreses”.

La COVID-19 ha destrozado esa fe. Antes de la pandemia, unos cuantos estudios habían demostrado que las restricciones de viaje retrasaron, más no detuvieron, la propagación del síndrome respiratorio agudo grave (o SRAG), la pandemia de la influenza y el ébola. No obstante, la mayoría de estos estudios se basaron en modelos matemáticos. Nadie había recabado datos del mundo real. Aún no se comprende el efecto de las restricciones de viaje en la propagación del nuevo coronavirus.

“Cualquiera que sea honesto te dirá que la respuesta es un gran ‘no lo sabemos’”, dijo el profesor Keiji Fukuda, un exfuncionario de alto rango de la Organización Mundial de la Salud que da clases en la Universidad de Hong Kong.

Esta falta de conocimiento es exasperante, sobre todo ahora que el mundo está buscando una manera de regresar a la normalidad. Durante meses, los mandatarios nacionales han invocado restricciones de viaje cuyo rigor varía y que, a menudo, son contradictorias. Hay quienes han cerrado sus fronteras y, a la vez, han impuesto confinamientos a nivel nacional. Otros han exigido pruebas diagnósticas y cuarentenas. Muchos cambiaron con regularidad sus listas de destinos riesgosos y a veces pagaron con la misma moneda a los países que les negaban la entrada a sus ciudadanos.

Las restricciones han humillado a naciones poderosas como Estados Unidos, cuyos ciudadanos ya no son bienvenidos en la mayor parte del mundo.Sin embargo, el presidente Trump ha calificado sus restricciones de viaje como “la decisión más importante que hemos tomado hasta ahora” y atacó las primeras recomendaciones de la OMS sobre las fronteras como “desastrosas”.

Con base en los datos y la ciencia dura, es demasiado pronto para saber cuáles son los beneficios de las restricciones de viaje y, si los tienen, cuáles son las más útiles. Los expertos que insistieron en mantener las fronteras abiertas al inicio de la pandemia ahora dicen que los países deben tomar medidas cuidadosas de viaje. La OMS recomienda una reapertura gradual en la que cada país sopese sus propios riesgos.

“Ciertamente, hay un cambio radical en la manera en que se está discutiendo”, dijo Kelley Lee, profesora de la Universidad Simon Fraser en Canadá que estudia el impacto de las restricciones de viaje en esta pandemia. “Pero las evidencias no han cambiado. Todavía tenemos pruebas deficientes”.

Lo evidente es que las políticas globales de salud pública son deficientes, sobre todo en cuanto al turismo. Las aerolíneas que ofrecen vuelos baratos han creado una ola de viajes internacionales. El número de personas que toman al menos un vuelo al extranjero cada año ha aumentado un 80 por ciento desde que se formularon las regulaciones en 2005.

La facilidad y la expansión de los viajes internacionales es la razón por la que los eventos “superpropagadores” ayudaron a acelerar la pandemia: justo cuando los esquiadores de Ischgl dispersaron el virus por todo el mundo, los congregantes de una megaiglesia francesa llevaron la enfermedad a África, América Latina y a toda Europa.

Después de su viaje a Austria, Homiller y al menos cuatro de sus amigos dieron positivo en la prueba del coronavirus. Witt cedió ante el agotamiento y terminó luchando por su vida. La familia de Garten también se enfermó y, en Alemania, su esposo fue hospitalizado.

Ahora, al menos mil personas de docenas de países pretenden demandar al gobierno austriaco. El miércoles, un abogado presentó los primeros casos de prueba en representación de cuatro visitantes, dos de los cuales ya han fallecido a causa de la COVID-19. La demanda declara que el gobierno debió haber cerrado el centro turístico antes y haberles advertido a los turistas que no debían viajar a ese destino.

“Ellos lo sabían, pero no le dijeron a nadie”, afirmó Witt, que forma parte de la demanda. “La riqueza antes que la salud”.

Peste y pánico

Al crecer en Hamburgo, Annette Garten tenía 16 años cuando su familia visitó por primera vez el tranquilo resort de Ischgl a fines de la década de 1980. Atendía a los esquiadores ávidos, en su mayoría alemanes. A veces, el estiércol de vaca cubría las calles.

“Era un pueblo austriaco normal”, dijo.

El pueblo se convirtió en un centro turístico en la década de 1960, después de que un residente emprendedor comenzó a recolectar, de puerta en puerta, el dinero para construir un teleférico. Cuando Garten lo visitó, apenas figuraba en el mapa turístico mundial.

Eso comenzó a cambiar en la década de 1990, cuando Garten comenzó a recibir visitantes británicos en las pistas y rusos con grandes sombreros peludos. Nuevos hoteles se construyeron a lo largo de las estrechas calles. Estrellas como Elton John y Bob Dylan hicieron conciertos.

Las mismas fuerzas de la globalización que cambiaron a Ischgl estaban transformando el mundo. Las empresas multinacionales adoptaron la subcontratación y las cadenas de suministro internacionales. El comercio mundial hizo que los países fueran interdependientes, lo que también conllevaba riesgos.

En el otoño de 1994, hubo un brote de peste en la ciudad portuaria de Surat en la India. La histeria se desató y los gobiernos se apresuraron a prohibir los viajes al país. Los turistas renunciaron a sus vacaciones. Las aerolíneas cancelaron sus vuelos. Los Emiratos Árabes Unidos prohibieron la llegada de los cargamentos indios, mientras que Rusia exigió que esos envíos se sometieran a cuarentena.

El brote de Surat resultó ser relativamente leve, pues solo provocó 50 muertes. Sin embargo, el pánico mundial abatió a la ciudad y le costó a la economía india un estimado de 3000 millones de dólares.

La reacción al brote alarmó a David Heymann, epidemiólogo estadounidense que en ese entonces era un alto funcionario de la OMS y fue parte de la respuesta de la agencia a la situación en Surat. Los funcionarios indios reportaron el brote de manera adecuada y lo contuvieron con rapidez. Aun así, la India fue castigada con una reacción que él consideró “irracional”.

“No tuvo nada que ver con el brote”, dijo Heymann, quien fue capacitado en los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos.

En esa época, el Reglamento Sanitario Internacional estaba diseñado para impedir las interrupciones al comercio. No obstante, solo aplicaba para tres enfermedades: la peste, el cólera y la fiebre amarilla. El cumplimiento del reglamento era imposible, y los países solían implementar prohibiciones de viaje arbitrarias para otras enfermedades.

Surat expuso el punto ciego más importante. El sistema de alerta para las pandemias del mundo dependía de que los líderes políticos activaran la alarma. Si la ruina financiera era el precio, ningún país reportaría un brote.

“Eso nos hizo darnos cuenta de que las regulaciones debían modificarse”, comentó Heymann.

La OMS pronto emprendió un replanteamiento exhaustivo de las reglas, pero las correcciones se incorporaron lentamente hasta que surgió la epidemia del SRAG en 2003. Por temor a que se desatara una pandemia, la OMS desaconsejó viajar a los países afectados lo que fue la recomendación más restrictiva en sus 55 años de historia.

La mayoría de los países afectados estaban en Asia, pero Canadá fue el más perjudicado cuando la OMS desaconsejó viajar a Toronto. Después, los Estados miembro de la OMS se reunieron durante la epidemia del SRAG y solicitaron que la agencia terminara las correcciones.

Esta vez, el proceso fue veloz. En 2005, los diplomáticos convinieron en un compromiso diseñado para equilibrar las necesidades de salud pública con las consecuencias económicas de una “interferencia innecesaria” con el turismo y el comercio. Aunque las nuevas reglas no prohibían de manera explícita que los países cerraran sus fronteras o restringieran el comercio, dejaban claro que eso debía ser el último recurso.

Sin embargo, las reglas nunca se basaron en un conjunto de pruebas científicas. Nadie estudió la posibilidad de que la restricción de viajes frenara una enfermedad de rápida propagación, en parte porque no se acostumbraba recabar datos de este tipo de intervenciones.

“No pensamos que debíamos medirlos porque creíamos que sabíamos”, dijo el profesor Gostin, el experto de Georgetown, que participó en el proceso de revisión. “Claramente, no lo hicimos”.

Las nuevas reglas entraron en vigor en 2007, aunque rápidamente el mundo las volvió obsoletas. Al enfocarse tanto en el comercio, no tomaron en cuenta “la industria del turismo que crece de manera desmedida”, dijo la profesora Ilona Kickbusch, del Instituto de Altos Estudios Internacionales y del Desarrollo en Ginebra.

En la década de 2000, la vida nocturna de Ischgl le había valido el sobrenombre de “la Ibiza de los Alpes”. Se habían construido enormes estacionamientos para un flujo de autobuses de toda Europa. Sin embargo, lo más significativo fue el impacto de los viajes aéreos de bajo costo.

Hoy en día, los turistas pueden llegar a Ischgl desde ocho aeropuertos cercanos ubicados en Austria, Alemania, Suiza e Italia. Uno de ellos, el aeropuerto de Memmingen en Alemania, fue un aeródromo militar cuya rápida transformación comenzó cuando Ryanair, la aerolínea de bajo costo de Irlanda, comenzó a volar hacia ese destino en 2009. Ahora el aeropuerto presta sus servicios a varias aerolíneas de bajo costo y tuvo más de 1,7 millones de pasajeros el año pasado.

Durante la última década, los vuelos a través de Múnich y Zúrich han llevado turistas a lugares tan lejanos como Estados Unidos y China, e Ischgl acoge a unos 300.000 turistas de 36 países cada año.

Este invierno, los hoteles de Ischgl estaban llenos, incluso cuando comenzaron a divulgarse los reportes preocupantes de la situación en Italia.

Garten dijo que nunca se preocupó. Se rió cuando su jefe le advirtió que no trajera el virus.

“Íbamos a las montañas para estar al aire libre”, dijo Garten. “¿Qué podría pasar?”.

Un éxodo frenético

Garten suele visitar Ischgl para esquiar y rara vez sale de fiesta, pero hizo una excepción la noche previa a su cumpleaños número 50. Cuando llegó al bar Kitzloch con su esposo y algunas amistades, el lugar estaba abarrotado. Los meseros soplaban silbatos —dos veces lo hicieron justo frente al rostro de Garten— para dispersar a las ruidosas multitudes.

“Solo recuerdo que toda la experiencia fue muy húmeda”, recordó.

Esa noche, el 5 de marzo, Islandia emitió una advertencia para evitar los viajes a Ischgl luego de que más de doce viajeros que regresaron del lugar dieron positivo por el virus. Dos días después, un barman alemán del Kitzloch se convirtió en el primer caso confirmado de COVID-19 en Ischgl, aunque los funcionarios locales les aseguraron a los huéspedes que todo estaba bien.

“Desde un punto de vista médico, es muy poco probable que se haya transmitido el coronavirus entre los comensales del bar”, declaró al día siguiente el director médico de la provincia. El bar Kitzloch fue desinfectado y reabrió sus puertas al público.

Al día siguiente, todo su personal de servicio dio positivo por el virus. Bernhard Zangerl, de 25 años, es el gerente y culpó a la “mala suerte” y se molestó por las acusaciones de negligencia.

“El virus no es de Ischgl”, dijo Zangerl, quien también se contagió. “Lo trajeron hasta acá”.

Para ese entonces, el sistema europeo de viajes sin interrupciones estaba colapsando. Una Italia abrumada había cerrado sus fronteras. Y, en Viena, los líderes austriacos luchaban por responder a un mundo trastornado.

“Solo unas pocas semanas antes habíamos visto lo que pasaba en China y pensamos que ‘ese tipo de cuarentena solo es posible en China’”, dijo Rudolf Anschober, ministro de salud de Austria. Ese mes, dijo, su gobierno tuvo que tomar decisiones que en el pasado eran “imposibles de imaginar”.

El Kitzloch cerró, pero otros bares se quedaron abiertos un día más, incluso frente al aluvión de advertencias provenientes del resto de Europa.

Finalmente, el gobernador de la provincia, Günther Platter, anunció que la temporada invernal terminaría antes de lo previsto en toda la región, en vez de arriesgarse a permitir que llegaran otros 150.000 visitantes el sábado siguiente.

“Significó una pérdida de 1500 millones de euros”, dijo Platter.

Platter dijo que su provincia no tenía orientación porque organizaciones como la OMS y el Instituto Robert Koch de Alemania tardaron en reaccionar. Platter dijo que, en ese momento, sintió que iba “demasiado lejos y demasiado rápido”.

Peter Kolba, el abogado vienés que está al frente de la demanda contra el gobierno austriaco, argumentó que el valle debió cerrarse una semana antes, después de que se vincularon los primeros casos a Ischgl. Siguió abierto solo porque los funcionarios estaban interesados en atraer turistas, comentó.

“Cada día de la temporada de invierno es muy valioso, especialmente en Ischgl, donde la gente gasta mucho dinero”, dijo Kolba.

Una vez que Platter decidió cerrar los centros turísticos, los funcionarios locales no tardaron en redactar un plan de evacuación. Los turistas extranjeros se marcharían, mientras los austriacos y los trabajadores estacionales se ponían en cuarentena. Pero antes de que se hiciera público, el canciller de Austria inesperadamente anunció por televisión el cierre de emergencia.

Todos salieron en desbandada.

Witt, la catedrática jubilada de Londres, vio a los comerciantes cerrando apresuradamente en el cercano pueblo de St. Anton. Su hija, que todavía estaba esquiando, notó que los operadores de los remontes mecánicos abandonaban sus puestos.

“En una hora ya no había nadie en las calles”, dijo Witt. “Fue aterrador”.

La carretera principal del valle se congestionó con autos y choferes que tocaban sus bocinas. La policía no logró recoger los formularios de rastreo de contactos de muchos turistas salientes, por lo que sus países de origen no sabían qué les esperaba, según Kolba.

Al menos 27 turistas murieron tras contraer el virus en Ischgl, St. Anton y los pueblos vecinos, dijo Kolba. Una investigación de ORF, una emisora pública de Austria, reveló que más de 11.000 europeos se contagiaron en Austria, muchos de ellos en Ischgl y centros de esquí adyacentes.

Investigadores de la Universidad Médica de Innsbruck evaluaron a 1500 residentes de Ischgl en abril y encontraron que el 42 por ciento tenía anticuerpos contra el virus.

Un futuro muy incierto

Andreas Steibl, el jovial y peculiar director de la junta de turismo de Ischgl, tiene pocas dudas de que el complejo se recuperará.

Algunos turistas, como Homiller, están decididos a regresar. “Deberíamos volver”, dijo. “Aunque algunos nos enfermamos, fue una gran semana”.

Sin embargo, los contagios van en aumento y nadie puede decir cómo será el mundo cuando comience la temporada de esquí en noviembre. Volver a un mundo de viajes sin restricciones es difícil de imaginar, al menos por ahora.

A medida que los científicos de todo el mundo compiten por fabricar una vacuna, comprender el papel de los viajes en una pandemia —y qué tipos de restricciones podrían resultar efectivas—, también es fundamental, si es que puede llevar mucho más tiempo. Este mes, la OMS inició otra revisión del Reglamento Sanitario Internacional.

Heymann, quien ayudó a redactar la última revisión, reconoce que las regulaciones actuales “no son adecuadas para los viajes y el comercio”.

“Cada vez entendemos más que existen ocasiones en las que es posible que sea necesario restringir los viajes y el comercio”, dijo Heymann.

Sin embargo, expertos como Gostin, de la Universidad de Georgetown, temen que, ante la ausencia de datos, el mundo extremará las medidas y en la próxima pandemia será evidente que las nuevas restricciones ralentizan el acceso a los medicamentos, retrasan a los rescatistas y afectan de manera innecesaria a las frágiles economías.

“Si vamos a tomar decisiones que afectan al mundo de manera tan profunda, debemos entender si funcionan”, dijo. “De lo contrario, simplemente estamos volando a ciegas”.

Fuente: https://www.nytimes.com/es/2020/10/04/espanol/mundo/esqui-viaje-coronavirus.html


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