Soltería

Estar soltera a tus 30 años puede ser lo mismo que esperar en fila para entrar a un club de moda: cuando logras entrar puedes pensar, ¿esto era todo?

por Katerina Tsasis

La gente te trata de manera distinta cuando eres soltera. No todos ni todo el tiempo, no de manera explícita ni necesariamente grosera. Te preguntan por qué nadie se ha fijado en ti, ofrecen organizarte citas a ciegas y llevarte a mesas de solteros en eventos formales. Te invitan a cenas a último momento cuando alguien más les cancela.

Te hacen sentir como si no fueras parte de la norma, a pesar de que los datos del censo estadounidense nos dicen que, de hecho, la soltería es cada vez más la norma.

Soltería
Soltería

De niña, pertenecía a una comunidad migrante que consideraba el matrimonio y la maternidad como el principal objetivo de las mujeres en la vida. Las historias que me rodeaban estaban llenas de bodas y finales felices: FriendsSex and the CityFull House. Todas las comedias románticas, todas las comedias. Pride and PrejudiceLittle Women, todos los cuentos de hadas. Brangelina, Kim y Kanye, el interés desbordado que los estadounidenses muestran por las bodas de la realeza británica.

Yo hice lo típico: ir a la universidad, trabajar, hacer amigos, salir, conocer hombres en bares, en la escuela, en la oficina. Conocer personas era fácil: forjar relaciones era difícil. Era a principios de la década de 2000 en Los Ángeles, un lugar donde parecía que todos querían mantener abiertas sus opciones. Con frecuencia me encontraba en el purgatorio de las relaciones: veía a alguien pero, en realidad, no era una cita; tenía citas pero no tenía una relación; o estaba en una relación pero no tenía un futuro en ella.

Fue más o menos en esa época que mi hermana menor terminó la universidad y anunció su compromiso. Yo estaba a punto de mudarme al extranjero para estudiar una maestría de administración empresarial. Los comentarios de las señoras de mi familia se volvieron más incisivos. “¡No esperes demasiado!”, decían, en broma pero a la vez en serio. Desde su perspectiva, estaba invirtiendo demasiado tiempo en las prioridades equivocadas. A los 26 años, necesitaba ponerme manos a la obra.

“¿Aún planeas irte?”, me preguntó mi madre.

Esa es otra cosa que ocurre cuando estás soltera: tu tiempo y tus planes se perciben como algo menos fijo y menos válido, a diferencia de los casados.

Se espera que te esfuerces por ver a tus seres queridos en las festividades o que te quedes más tarde en el trabajo cuando tus colegas deben recoger a sus hijos. Con la boda de mi hermana en el horizonte, había una expectativa implícita de que no me perdería ninguna de las etapas que llevarían al feliz suceso.

De cualquier manera me fui a Europa.

Cuando viajé a casa para ir a la boda de mi hermana, el agente de aduanas quedó confundido por mi maleta de gimnasio arrugada con dos mudas de ropa.

“¿Eso es todo lo que traes?”, me preguntó.

Jamás he sentido menos estorbos antes ni desde entonces, pues había empacado de manera tan ligera que sentía como si estuviera flotando, dispuesta a regresar a mis aventuras.

A lo largo del año siguiente aprendí nuevas cosas, viajé a una decena de países, practiqué otros idiomas, vi una ópera montada en los escalones de un castillo, subí el monte Kilimanjaro, manejé por la aterradora glorieta del Arco de Triunfo.

También fue un año en el que experimenté agresivos acercamientos por parte de compañeros varones, “frases de chicos” con las que aderezaban las conversaciones casuales, así como un flujo constante de sexismo sutil y explicaciones condescendientes. La idea de salir a citas jamás me pareció más desalentadora ni menos atractiva.

Cuando regresé a California, me encontré con que muchas de mis amigas habían comenzado relaciones serias que se dirigían al matrimonio. En ese momento, había dejado de creer que necesitamos una pareja para tener una vida plena, pero aún pensaba que debía carecer de algo fundamental —quizá no era lo suficientemente buena, no tenía el atractivo necesario, ni la amabilidad suficiente o algo no era suficiente— en comparación.

Los amigos, familiares, conocidos e incluso extraños con cortesía dirán que tú, como soltera, pareces estar rezagada. Una amiga mía fue a ver a un doctor respecto a una pregunta de salud mental, y su consejo fue que necesitaba un novio. Los familiares bienintencionados la animaron a ir a la iglesia para encontrar a un hombre, aunque es agnóstica.

Me han dicho que soy demasiado selectiva, que no me volveré más joven, que debería salir más, que debo luchar por el amor y que debo buscar a un hombre que sea más atractivo y menos atractivo, más cerebrito y menos cerebrito, más asertivo y menos asertivo.

Hombres que apenas conozco o que no conozco del todo me han dicho que debo maquillarme más, cambiar mi actitud, hacer más sentadillas, vestirme distinto, sonreír más. Lo he escuchado en una primera cita, mientras caminaba por la calle haciendo mis cosas y en medio de una conversación sobre un tema totalmente distinto.

Es extraño seguir buscando a la persona “adecuada” mientras combato la expectativa de hacer precisamente eso. Seguía conociendo a personas: en horas felices, grupos de reunión, citas en línea. Probé cosas nuevas: clases de salsa, viajes en scooter, exploración de cuevas. Hice amistades, practiqué pasatiempos y viví aventuras.

Mezclados con la diversión hubo momentos tristes y solitarios, malas relaciones y rompimientos dolorosos, pero ya no creía que me faltara algo, a pesar de las pistas que me seguían enviando amigos, familiares y la sociedad. La vida me parecía buena, satisfactoria y plena. No tenía que esperar a que alguien más hiciera mi final feliz.

Pero a mediados de mis treinta, me había mudado a Austin, Texas, y mis padres comenzaron a mostrarse preocupados a larga distancia. Sus vidas no habían sido fáciles, y solo habían podido depender el uno del otro. A mi padre le preocupaba que no tuviera a alguien que me cuidara. ¿Y si me enfermaba? ¿Y si necesitaba ayuda?

Mi madre, consternada por mi incapacidad de encontrar a alguien, dijo: “¡No es como si ella tuviera tres cabezas!”.

Tuve más citas. Tuve citas que se esfumaban más rápido que la espuma de un capuchino. Fui a una hora feliz en la que bebí demasiado con el estómago vacío y les pagué una ronda a todos en el bar. Tuve una cena con alguien que seguía disculpándose por responder su celular. Estuve en una relación con alguien que no estaba listo para comprometerse. Mantuve una relación con alguien que anhelaba estar con su ex.

Y después, tuve una relación que funcionó.

No había nada de magia al respecto, ningún despertar del alma, ningún reconocimiento personal, ninguna razón organizada ni clara de por qué funcionaba y las demás no. Conocí a un hombre que es un ser humano encantador. Encontramos intereses compartidos y química. Nos tratamos con amabilidad y respeto. Estoy segura de que, si lo hubiera conocido años antes o años después, el resultado habría sido el mismo: nos casamos.

Soy la misma persona que vive en el mismo lugar y hace el mismo trabajo con los mismos amigos y los mismos pasatiempos. No había nada peor en mí antes. No hay nada mejor en mí ahora. Sin embargo, la gente que veía mi soltería con curiosidad, lástima o menosprecio ahora son más cálidos y cordiales. Es como si me hubiera unido al club.

Me hacen menos preguntas sobre mi vida personal. Nos invitan a mi marido y a mí a salidas con otras parejas. Cuando decido quedarme en casa en las festividades en lugar de viajar para visitar a la familia nadie lo cuestiona y nadie se queja. Los acercamientos no deseados se acaban con las palabras “estoy casada” cuando antes un “no, gracias” resultaba insuficiente.

¿En realidad qué dice la declaración legal de alguien más acerca de ti? ¿Te valida? ¿Te hace parecer más normal? ¿Establece nuevos límites a tu alrededor? ¿Te hace parecer más segura?

Amo a mi pareja y disfruto compartir nuestro día a día, pero el matrimonio —esa cosa que les enseñan a venerar a las jóvenes— no ha transformado mi vida. Es más como tejer nuevos hilos en un tapiz existente, que tirar a la basura un patrón para dar lugar a otro más colorido.

Cuando vivía en Los Ángeles, solía salir con amigos y esperar por horas en la cola para entrar a un club nuevo y exclusivo, solo para por fin entrar y ver que no era la gran cosa. La presión social sobre el matrimonio se siente así, un énfasis en entrar por la puerta sin preocuparse de qué hay más allá.

Cada experiencia es distinta. Solo puedo describir la mía. Castigamos y recompensamos a las personas por la manera en que se ajustan a nuestros ideales sin siquiera darnos cuenta. Nos castigamos cuando las cosas que nos dicen evitan que apreciemos y disfrutemos las cosas que tenemos.

Quizá alguien lea esto y le parezca que mis ideas son evidentes, trilladas o anticuadas. Quizá alguien lea esto y crea que me he perdido de cosas en la vida. Pero igual lo estoy escribiendo por las ocasiones en que he pensado: “Quizá estoy imaginando cosas”, “quizá tienen razón” o “quizá hay algo que está mal en mi vida”.

Lo que quiero decirles a mis amigos que sienten la presión de la familia o la sociedad mientras exploran las citas, las relaciones o la soltería, y a quienes les han dicho que de alguna manera están incompletos porque están solos es esto: no es cierto. Todos tenemos derecho a una vida plena y llena de propósitos, sin necesidad de tener que celebrar una boda.

Katerina Tsasis es estratega de mercadotecnia y escritora en Austin, Texas.

Fuente: https://www.nytimes.com/es/2020/08/16/espanol/estilos-de-vida/soltera-amor.html

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