La crisis ha puesto en evidencia dos hechos incómodos en el ámbito del periodismo cultural. Que los medios —por un lado— dependen excesivamente de los anunciantes y de la agenda de novedades musicales, editoriales, cinematográficas, expositivas o teatrales. Y —por el otro— que los profesionales de la comunicación siguen entendiendo por producción narrativa y artística lo que se calificaba como tal durante el siglo pasado. No se han adaptado a la realidad del siglo XXI.