El nĆŗmero Ć”ureo estĆ” relacionado con la sucesión de Fibonacci (1,1,2,3,5,8,13,21ā¦) la cual se encuentra presente en proporciones de todo tipo, desde proporciones en el arte, la naturaleza en general hasta estructuras arquitectónicas.Ā Roberta Conti / Wikimedia Commons.
por Amador Miguel GonzƔlez Crespo, Universidad PolitƩcnica de Madrid (UPM); JosƩ Ygnacio Pastor CaƱo, Universidad PolitƩcnica de Madrid (UPM)
La proporción divina, el nĆŗmero Ć”ureo o Phi, guarda una estrecha relación con la cĆ©lebre sucesión de Fibonacci (1, 1, 2, 3, 5, 8, 13ā¦). Aparece sorpresivamente en mĆŗltiples Ć”mbitos: desde el arte y la biologĆa hasta la propia estructura del universo.
Hace 2 500 aƱos, un griego, cansado de discutir en el Ć”gora sobre justicia, filosofĆa, polĆtica y matemĆ”ticas, decidió que lo verdaderamente importante era medir el cuerpo humano. AsĆ germinó el canon de Policleto el Viejo: la obsesión por encontrar la simetrĆa perfecta.

El selfi mƔs famoso de la historia
Veinte siglos despuĆ©s, Leonardo da Vinci dibujó el cĆ©lebre Hombre de Vitrubio, basado en el canon romano de la arquitectura, como reflejo del orden de la naturaleza. El resultado fue ese seƱor desnudo atrapado en un cĆrculo y un cuadrado. El mensaje era āy sigue siendoā provocador: si extendemos los brazos, somos tan anchos como altos, con nuestro ombligo en el centro geomĆ©trico de este universo de belleza perfecta.
Da Vinci, adelantado a su tiempo en tantos campos, convirtió las proporciones humanas en un diagrama viral cinco siglos antes de Instagram y la cirugĆa estĆ©tica masiva.
La fiebre del nĆŗmero de Dios
DetrĆ”s de todo esto acechaba la proporción Ć”urea (o divina proporción): 1,618ā¦. Este nĆŗmero parece materializarse por primera vez en varias estelas de Babilonia y Asiria hace 4 000 aƱos, pero tambiĆ©n en las conchas marinas, en la Gioconda, en las pirĆ”mides, en los templos griegos y romanos y en la torre Eiffel.
TambiĆ©n aparece al subir una escalera: nuestros pies encuentran un equilibrio natural entre la huella (parte horizontal) y la contrahuella (parte vertical). Curiosamente, la relación entre ambas suele rondar 1,6, muy próxima al nĆŗmero Ć”ureo. No es porque los arquitectos lo hayan buscado, sino porque el cuerpo humano dicta medidas cómodas que terminan rozando la divina proporción. AsĆ, igual que con las baldosas de 3,16 decĆmetros que pisamos, la matemĆ”tica se nos cuela en lo cotidiano casi sin darnos cuenta.
Receta de la belleza
Este número irracional de infinitos decimales fue descrito detalladamente en el siglo XIII por Leonardo de Pisa, mÔs conocido como Fibonacci. Todo comenzó con un problema aparentemente inofensivo: ¿cuÔntos pares de conejos pueden nacer de una sola pareja en un año, si cada mes cada pareja madura y empieza a reproducirse? Sin quererlo, dio pie a una de las historias mÔs bellas de las matemÔticas. La secuencia de número naturales resultante es la famosa sucesión de Fibonacci:
1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144ā¦
Inicialmente tenemos dos unos, un conejo y una coneja, y cada nuevo término surge de sumar los dos anteriores: como si los números también tuvieran su propio instinto de apareamiento.
Hasta aquĆ, nada mĆ”s que una simpĆ”tica progresión. Pero si dividimos cada nĆŗmero por el anterior, surge la magia: 3/2 = 1,5; 5/3 = 1,66; 8/5 = 1,6⦠y asĆ hasta alcanzar en el lĆmite del infinito el nĆŗmero de Dios: 1,6180339⦠Es como si los conejos de Fibonacci, ademĆ”s de multiplicarse seductora y enigmĆ”ticamente, hubieran inventado un canon estĆ©tico.
Y es que la sucesión de Fibonacci tambiĆ©n parece habitar en nuestro cuerpo: la relación entre nuestra altura y la altura hasta el ombligo, entre la distancia del hombro a los dedos y la distancia del codo a los dedos, entre la altura de la cadera y la altura de la rodilla, entre el primer hueso de los dedos (metacarpiano) y la primera falange. Y tambiĆ©n la relación entre falanges sucesivas, entre nuestra sonrisa y nuestra mandĆbula. Un festival matemĆ”tico que algunos presentan como la āreceta secretaā de la belleza.

El eco cósmico de una proporción humana
Incluso, algunos astrofĆsicos nos muestran que patrones parecidos aparecen en lugares inesperados: algunas galaxias espirales o las vibraciones ocultas de las estrellas parecen resonar con el mismo nĆŗmero misterioso.
La proporción Ôurea parece tan ubicua que uno empieza a sospechar que hay trampa. ¿De verdad estÔ en todo o simplemente la buscamos con la misma fe con la que algunos encuentran a su signo zodiacal en el horóscopo? ¿CuÔnto hay de verdad y cuÔnto de necesidad humana en reducir todo a relaciones sencillas que podamos entender?
La proporción Ôurea no es un patrón demostrado en la estructura del cosmos, aunque pueda aparecer como aproximación en múltiples sistemas naturales. Su fuerza divina reside mÔs en lo metafórico y lo simbólico: un puente entre la escala humana (arte, cuerpo, arquitectura) y el universo (galaxias, dinÔmica natural).
Sin embargo, el debate inveterado persiste entre el deseo de un dios matemÔtico perfecto que da sentido a la existencia y la cuantificación matemÔtica de la realidad.
Medirse para entenderlo todo

El hecho de llamar a las matemĆ”ticas āun lenguaje universal que conecta al ser humano con los patrones del arte, la biologĆa y el cosmosā no significa que exista un Ćŗnico nĆŗmero mĆ”gico gobernĆ”ndolo todo. Lo que realmente conecta esas dimensiones es la tendencia de la naturaleza y del ser humano a generar proporciones, simetrĆas y regularidades que nos ayudan a entender el mundo y predecir el incierto futuro. La proporción Ć”urea es solo una de tantas fórmulas posibles, quizĆ” la mĆ”s cĆ©lebre por su elegancia y por las veces que parece aproximarse a fenómenos naturales y creaciones humanas.
La incógnita interesante no es si el nĆŗmero Ć”ureo estĆ” realmente en todas partes, sino por quĆ© seguimos buscĆ”ndolo, por quĆ© nos atrae tanto la idea de que una simple proporción pueda tender un puente entre nuestra anatomĆa, los templos griegos y las espirales galĆ”cticas.
La pregunta queda flotando
Tal vez todo sea fruto de nuestra obstinación en encontrar sentido donde, quizÔs, solo hay azar. ¿De verdad compartimos un patrón secreto con las estrellas, o lo inventamos porque nos fascina reconocernos en todo lo que brilla?
Esa respuesta, queridos lectores, nos obligarĆa a desplegar toda la artillerĆa del pensamiento, la filosofĆa, el arte, la historia, la fĆsica y, por supuesto, las matemĆ”ticas. HabrĆa que escribir tratados enteros, organizar congresos y quizĆ” hasta invocar a los mismĆsimos Policleto y Fibonacci para que nos marquen el compĆ”s. DifĆcil, Āæverdad?
Aunque, si lo pensamos bien, mĆ”s difĆcil todavĆa es resistirse a seguir midiĆ©ndonos la nariz frente al espejo con la esperanza de descubrir en ella los secretos del universo.
Fuente: https://theconversation.com/el-numero-de-dios-o-el-cuerpo-como-mapa-del-universo-263289