Cuidado con la fatiga del escĆ”ndalo: si la corrupción le abruma, busque āperiodismo deĀ precisiónā
por Miguel Ćngel SĆ”nchez de la Nieta HernĆ”ndez, Profesor contratado doctor en el Grado en Periodismo, Universidad Villanueva
En el ensayo El fracaso de la república de Weimar, el periodista e historiador Volker Ullrich plantea una pregunta inquietante cuando se contempla desde hoy: ¿cómo pudo desmoronarse con tanta facilidad la democracia alemana en los años 30?
Su respuesta no apunta a un destino trĆ”gico, sino a una serie de decisiones evitables. āNada estaba escritoā, insiste. Si algunos jueces y polĆticos āyo aƱadirĆa periodistasā hubieran actuado con mayor claridad, Adolf Hitler podrĆa haber sido solo uno mĆ”s entre muchos agitadores radicales que han existido.
Esa observación encierra una advertencia Ćŗtil para nuestro Ć©poca: la democracia puede fallar por exceso de confianza. Cuando confundimos solidez institucional con estabilidad automĆ”tica, basta un soplo āuna crisis, una renuncia colectiva a vigilarā para que el edificio se venga abajo como un castillo de naipes.
La vigencia del cuarto poder
Ahora bien, no pretenden estas lĆneas alimentar el pesimismo. Si algo ha mejorado desde los dĆas de Weimar es la capacidad que hoy tienen las democracias para fiscalizar el poder. En particular, el periodismo, como elemento de contrapoder, cuenta con mĆ”s recursos y eficacia que nunca en defensa del Estado de derecho.
El llamado cuarto poder opera hoy en un ecosistema completamente distinto. Las leyes de transparencia, los portales de datos abiertos, las redes internacionales de colaboración entre periodistas, ONG y fiscalĆas, asĆ como las herramientas de anĆ”lisis de datos y el uso de inteligencia artificial han transformado profundamente la forma en que se investiga y se informa.
Estamos āaunque no siempre lo percibamosā en una especie de edad de oro de la trazabilidad informativa. Un polĆtico que oculte patrimonio, manipule licitaciones o canalice donaciones irregulares a travĆ©s de fundaciones pantalla se arriesga a ser descubierto no ya en aƱos, sino en cuestión de horas. No por azar, sino porque hay periodistas formados para cruzar registros, rastrear operaciones, automatizar bĆŗsquedas y detectar patrones que antes permanecĆan ocultos.
Herederos del periodismo de precisión
Este cambio metodológico no es reciente. En los aƱos 70, el periodista estadounidense Philip Meyer anticipó la evolución del oficio al proponer lo que llamó periodismo de precisión. Apostaba por incorporar los mĆ©todos de las ciencias sociales al trabajo periodĆstico: estadĆsticas, encuestas, bases de datos.
Hoy esa visión es ya una realidad. Tanto desde los grandes medios tradicionales como desde proyectos independientes, se asiste a un resurgir de la verificación, la contrastación y el periodismo colaborativo como ejes del control al poder.
A esto se suma otro fenómeno: las sociedades hiperconectadas no solo amplifican el discurso populista; también permiten una fiscalización ciudadana y mediÔtica casi inmediata.
Cualquier decisión polémica, cualquier documento filtrado o declaración engañosa puede circular y ser analizada en tiempo real por expertos, medios y usuarios con acceso a herramientas de anÔlisis y fuentes abiertas.
Fatiga del escƔndalo
Pero no todo son buenas noticias. Porque la eficacia de estos mecanismos depende tambiĆ©n del estado de la ciudadanĆa. Y aquĆ aparece un riesgo sutil, pero creciente: la saturación de escĆ”ndalos.
Si todo es escĆ”ndalo, nada lo es. Cuando la corrupción se presenta como ubicua, cuando los titulares sobre irregularidades se suceden sin pausa en no pocos paĆses, puede llegar a producirse un efecto paradójico: lejos de provocar una ciudadanĆa mĆ”s exigente, se genera indiferencia, cinismo, desmovilización. Es lo que algunos estudios llaman fatiga del escĆ”ndalo.
La repetición, la aceleración informativa, la ausencia de contexto y la pĆ©rdida de jerarquĆa noticiosa terminan vaciando de sentido el papel del periodismo como generador de inteligencia pĆŗblica.
Hoy, el problema ya no es solo que el poder mienta, sino que la ciudadanĆa se resigne a que asĆ sea. La abundancia de información, por sĆ sola, no garantiza una comprensión mĆ”s clara de la realidad. Al contrario: sin mediación profesional, sin criterios editoriales sólidos, sin una narrativa que ordene y jerarquice, la información se transforma en ruido. Y el ruido es terreno fĆ©rtil para la apatĆa democrĆ”tica.
Por eso, aunque celebremos los avances en transparencia y periodismo de datos, debemos estar atentos a otro tipo de erosión: la que proviene no del secretismo, sino de la sobreexposición. Una que convierte la denuncia en espectÔculo, y el escÔndalo en rutina.
El periodismo debe seguir desvelando tramas, sĆ. Pero tambiĆ©n tiene la responsabilidad de cuidar su forma y su fondo. Aportar contexto. Explicar quĆ© estĆ” en juego. Distinguir lo anecdótico de lo esencial. Resistirse al titular fĆ”cil. Porque, como advertĆa Ullrich, todo puede cambiar a peor en muy poco tiempo. Y si la sociedad se anestesia ante la mentira, el siguiente ādemagogo carismĆ”ticoā podrĆa encontrar la puerta abierta.
La respuesta desde el periodismo pĆŗblico
Existe un enfoque del periodismo muy adecuado para hacer frente a esta deriva de la sociedad. Nacido desde las intuiciones de Jay Rosen y Davis Merrit en los aƱos 90, el Public Journalism no se conforma con levantar alfombras; quiere que el ciudadano mire debajo de ellas y decida barrer.
Frente a la fatiga del escĆ”ndalo āese hartazgo que anestesiaā propone relatos que no solo denuncien, sino que convoquen. Sustituye el grito repetido por el diĆ”logo fĆ©rtil. Da voz a la comunidad y convierte el dato en carne: lo baja a tierra, lo humaniza. AsĆ, donde hay riesgo de apatĆa, cultiva responsabilidad compartida.
En tiempos de sobreinformación y ruido, este periodismo sereno rescata lo esencial: el sentido. No reduce la verdad al clic ni la urgencia al escÔndalo. Apuesta por el contexto, la conversación y el compromiso. No quiere espectadores irritados, sino vecinos implicados. Porque sin ciudadanos despiertos, ni la mejor exclusiva cambia nada. Y sin alma, ni la verdad mÔs verificada conmueve.