Jane Goodall (1934-2025).Ā vitrolphoto/Shutterstock
Con sus estudios pioneros de los chimpancés en su entorno natural, Jane Goodall cambió nuestra percepción de estos primates y, con ello, surgió un nuevo paradigma sobre la evolución humana.
por Paul Palmqvist Barrena, Universidad de MƔlaga
Parque Nacional de Gombe Stream, Tanzania, finales de noviembre del año 1960. Jane Goodall, una londinense de 26 años, amante de los animales, lleva desde julio viviendo en una choza rodeada por la densa vegetacion selvÔtica, acompañada tan solo por su madre y un cocinero. Durante los meses transcurridos, ha documentado cómo se desplazan los chimpancés, de qué se alimentan y cómo fabrican los nidos de hojarasca donde pasan la noche. Pero estos simios son solo sombras fugaces y esquivas que se mueven entre la densa vegetación, evitando el contacto con ella.
La financiación se acaba y teme defraudar a Louis S.B. Leakey, el gran paleoantropólogo a quien habĆa conocido tres aƱos antes y que confió en ella para encomendarle tamaƱo trabajo pionero de campo, pese a carecer de formación acadĆ©mica.
Es precisamente en este momento de dudas cuando, por sorpresa, un chimpancĆ© macho a quien bautizarĆ” como David Greybeard (ābarba grisā) se acerca confiado a ella, sin mostrar una actitud agresiva, sentĆ”ndose junto a un montĆculo que alberga un nido de termitas. Toma una ramita, la manipula y la rompe hasta dar con las dimensiones adecuadas, introduciĆ©ndola repetidamente en el nido para sacar a las termitas, que se aprestan a defenderlo, y se las come con delectación. Al ser informado por Goodall sobre el hallazgo, Leakey respondió entusiasmado con un telegrama que ha pasado a los anales de la evolución humana:
āAhora debemos redefinir el concepto de herramienta, redefinir el concepto de humano o aceptar tambiĆ©n a los chimpancĆ©s como seres humanosā.
Cambio de paradigma
Una abrumadora mayorĆa de las personas pasan por este mundo sin dejar una huella duradera. Muy pocas hacen aportaciones significativas al acervo general de conocimiento de la humanidad, y aĆŗn menos aportan una visión que se traduce en un cambio de paradigma. Jane Goodall, quien falleció por causas naturales el pasado 1 de octubre a los 91 aƱos de edad, fue sin duda una de estas personas singulares.
Su legado es inmenso, no solo en los campos cientĆficos de la etologĆa (el anĆ”lisis del comportamiento animal) y la primatologĆa (el estudio de los primates, el orden de mamĆferos al que pertenecemos los seres humanos y nuestros parientes vivos mĆ”s próximos, los chimpancĆ©s), sino tambiĆ©n en la concienciación social sobre la necesidad de conservar la biodiversidad y los espacios naturales que la albergan.
Hay mĆŗltiples razones para poner en valor el legado excepcional de Jane Goodall, pues antes de que se desplazase a Gombe sabĆamos muy poco sobre la conducta de los chimpancĆ©s en su medio natural. Sin verse condicionada por los sesgos inherentes a una formación acadĆ©mica reglada, Goodall adoptó una metodologĆa heterodoxa.
Entre otras cosas, rehusó seguir la prĆ”ctica habitual de numerar a los objetos de estudio, justificada por la supuesta pĆ©rdida de objetividad que implica el apego emocional al individuo estudiado. En cambio, procedió a darles nombres a los chimpancĆ©s, eligiendo los apodos en función de los rasgos observados de su carĆ”cter o los parecidos fĆsicos que creĆa ver con personas conocidas.
Gracias a esta proximidad emocional, y a su inmensa paciencia, documentó aspectos inquietantemente humanos en su comportamiento, como el hecho de que cada uno de los individuos tenĆa una personalidad Ćŗnica, siendo capaz de desarrollar pensamientos racionales, experimentar emociones ācomo alegrĆa y tristezaā o desarrollar alianzas complejas āy mudables en el tiempoā con otros congĆ©neres. Algo que por aquella Ć©poca no resultaba nada convencional.
En sus estudios de campo, cuyos primeros resultados relató magistralmente en su libro En la senda del hombre, publicado en 1971, Goodall documentó que, pese a que los chimpancĆ©s se habĆan considerado como estrictamente vegetarianos, consumĆan carne siempre que les era posible, cazando monos colobos con regularidad. De hecho, se ha estimado que hasta un tercio de la población de estos monos en el parque es devorada cada aƱo por los chimpancĆ©s.
En las partidas de caza, cuyo Ć©xito depende en gran medida del nĆŗmero de ejemplares que colaboran para aislar al mono en la copa de un Ć”rbol, bloqueando las posibles salidas, el reparto de la carne una vez cobrada la pieza adquiere especial relevancia. Los machos la comparten preferentemente con aquellos otros de quienes depende asegurar su posición en la jerarquĆa, pero atienden tambiĆ©n las solicitudes de las hembras sexualmente receptivas (esto es, pagan a cambio de tener sexo).
Los chimpancƩs tambiƩn se enfrascan en guerras
Otro hallazgo inquietante fue que las hembras dominantes del grupo matan ocasionalmente a otras mĆ”s jóvenes para mantener su posición en la jerarquĆa, practicando el infanticidio e incluso, a veces, el canibalismo. Pero quizĆ”s la mayor conmoción ocasionada por sus estudios fue la de que los chimpancĆ©s se enfrascan en conflictos territoriales duraderos con los grupos vecinos, a cuyos miembros matan sistemĆ”tica y deliberadamente en lo que se pueden denominar con propiedad como autĆ©nticas guerras entre clanes. AsĆ lo relató en su libro de 1989, titulado A travĆ©s de una ventana: treinta aƱos estudiando a los chimpancĆ©s.
Transmisión cultural de las madres a sus crĆas
En definitiva, los estudios pioneros de Jane Goodall han cambiado nuestra percepción sobre la evolución humana y el lugar que ocupamos en la naturaleza. Sus observaciones inspiraron los trabajos de nuevas generaciones de primatólogos, quienes crecieron con el estĆmulo de sus escritos. Por ejemplo, los relativos al aspecto no trivial de si podemos considerar que los chimpancĆ©s tienen una cultura propia, lo que siempre se consideró como algo exclusivamente humano.
AsĆ, en dos trabajos posteriores, en los que tambiĆ©n participó Goodall, se estudió la distribución de mĆ”s de seis decenas de rasgos de comportamiento en ocho poblaciones de chimpancĆ©s diferentes de Ćfrica central, detectando en dos tercios de ellos variantes culturales segĆŗn la aparición o no de tales rasgos en esas poblaciones. Son este tipo de diferencias las que precisamente nos permiten hablar de culturas humanas. No obstante, conviene indicar que las poblaciones estudiadas pertenecen a las tres subespecies de chimpancĆ©, Pan troglodytes troglodytes, P. t. schweinfurthii y P. t. verus, la Ćŗltima de las cuales divergió evolutivamente de las otras dos hace casi 1,6 millones de aƱos segĆŗn indican los datos genĆ©ticos.
Por otra parte, en los chimpancĆ©s se produce exogamia femenina (esto es, son las hembras las que se dispersan, cambiando de grupo familiar al alcanzar la edad reproductiva). Esto significa que la diseminación de las variables culturales depende del sexo femenino, como tambiĆ©n lo sugiere el hecho de que la transmisión cultural por aprendizaje se da preferentemente desde las madres hacia sus crĆas. Ello parece venir apoyado por el hecho de que es el nĆŗmero de chimpancĆ©s hembras el que se correlaciona con la variedad de hĆ”bitos culturales en el grupo, no el de los machos.
En definitiva, resulta difĆcil calibrar el legado cientĆfico y cultural de Jane Goodall sin disponer de la perspectiva temporal adecuada. Este legado se ha materializado, por el momento, en el Instituto Jane Goodall, con treinta oficinas alrededor del mundo, cuyo objetivo es proteger los hĆ”bitats de los animales salvajes, realizar investigaciones y promover la educación ambiental. Pero tambiĆ©n en el programa mundial para jóvenes āRoots & Shootsā (raĆces y brotes), que patrocina unos 10 000 proyectos de impacto local en mĆ”s de sesenta paĆses, impulsando iniciativas de reciclaje, reforestación y defensa del bienestar animal.
Aunque es mucho lo conseguido en su larga vida, las generaciones venideras, inspiradas por su memoria, tienen todavĆa bastante por hacer.