En los últimos miles de años hemos ido seleccionando nuestros perros en función de sus comportamientos. Esto ha moldeado sus cerebros. Se descubrió, por ejemplo, que algunas razas caninas, particularmente valientes a la hora de defender a un rebaño del ataque del lobo, carecían de algunos neurotransmisores asociados al miedo. El animal se enfrenta al mortal depredador porque no tiene miedo, lo que, en resumidas cuentas, quiere decir que no se entera del peligro, no es consciente de los riesgos, y no imagina que podría morir.