Los desafíos de los +80, el colapso de los hijos y una pregunta incómoda
por Evangelina Himitian
“Suena el teléfono. Es mi mamá. No quiero atender pero siento culpa. Necesito concentrarme en mi trabajo. Estoy haciendo home office. Estamos a solo ocho pasos de distancia pero me llama por teléfono porque le pedí que no abriera la puerta del escritorio porque tenía una videollamada. Era mentira. Necesitaba silencio. No atiendo pero insiste. Yo silencio la llamada y le pido por WhatsApp a mi hija que se fije si pasó algo. ‘El control remoto’, me responde. No sabe qué tocó que se desprogramó y se escucha muy fuerte. Mi hija, que tiene 11 años, se lo vuelve a programar y por consejo mío lo esconde. Otra vez siento culpa. La secuencia se repite tres veces. Se olvida de mi pedido de no interrumpir, abre la puerta y me dice con una sonrisa: ‘¿No íbamos a tomar un café?’. Cierro la computadora y me resigno. Cuando mi mamá viene a pasar el día a casa, porque falta la persona que la cuida, mi vida es un caos. Termino trabajando a la madrugada, desde el baño, con la luz apagada, para que no se despierte. Esto ocurre cada vez con más frecuencia porque ya no puede vivir sola y las personas que conseguimos no duran, las manda de vuelta a su casa porque dice que puede vivir sola”. Quien habla es Lucila Méndez, la menor de los tres hijos de Susana, de 86 años.
La palabra culpa insiste en su relato. “Ahora vive conmigo varios días a la semana, la quiero disfrutar, pero no es fácil, y nuestra vida parece una comedia de enredos. No solo convivo con mi mamá y mis hijos, evitando el choque generacional, también convivo con el Alzheimer, con la culpa de a veces esconderme para estar tranquila y con un montón de situaciones desopilantes, que al final te das cuenta que hay que tomarlas con humor. Cuando me junto con mis amigas, copa de vino mediante, descubrimos que estamos todas en la misma. Nos reímos de nosotras mismas y del estrés impensado para esa etapa de la vida. Nadie nos dijo que los padres iban a vivir tantos años y que iban a ser más rebeldes que los hijos adolescentes”, expresa.
La de Lucila es una de las tantas historias de la generación de hombres y mujeres de más de 40 años que acompañan a sus padres en esos años ganados y que, en muchos casos, no tienen la calidad de vida deseada para esa etapa. Sin plantear casos extremos, cuando los mayores llegan con plena salud a los 80 o 90 años, irrumpen limitaciones lógicas y naturales.
El panorama se complica más cuando aparecen cuadros de Alzheimer, Parkinson, demencias frontotemporales o vasculares, además del deterioro cognitivo propio de la edad. Son realidades que hoy marcan la agenda de los hijos de los adultos mayores. Es un vaivén infinito por encontrar cuidadores domiciliarios, organizar logísticas entre hermanos, conseguir turnos médicos y sostener a los padres. En paralelo, hay que seguir adelante con la propia vida familiar, social y laboral.
Es el lado B de la longevidad actual, que supone enormes desafíos a futuro para que los mayores tengan garantizado su bienestar. Los constantes dilemas que se presentan serán tratados desde esta nueva serie de LA NACION, que apunta a abordar el fenómeno con sus múltiples aristas y a plantear próximos escenarios que exigen un reacomodamiento en todos los niveles de la sociedad ante el aumento inédito de la expectativa de vida en el mundo.
¿Estamos preparados para la nueva longevidad?
Los datos del último censo en la Argentina son contundentes. El segmento de 65 años y más comprendía al 10,6% de la población en 2010, mientras que en 2022 llegó al 12% y se estima que para 2040 alcanzará el 16,4%, según señala el documento del Indec “La transformación de la población argentina.”
“Hoy, el 59% de los adultos mayores de 65 años tienen lo que se denomina una vejez robusta y el 41% la transitan en condiciones de fragilidad con relación a su salud. Robusta significa que la persona es autoválida. Frágil, que necesita acompañamiento, que no puede vivir sola”, explica Isolina Dabove, investigadora de Conicet, especialista en derecho de la vejez. Los números corresponden a la última Encuesta Nacional sobre la Calidad de Vida de los Adultos Mayores realizada en 2014 por el Ministerio de Desarrollo Social, pero Dabove apunta que, de acuerdo a estudios internacionales, son cifras que se mantienen.
“El problema es que no aprendemos a envejecer. Crecemos temiendo ser viejos. Convivimos con tantos prejuicios sobre los adultos mayores, el viejismo, que no nos preparamos para transitar esa etapa de mayor fragilidad y sentimos que se acabó todo. Después de la edad jubilatoria, cambian los círculos de relaciones. Los adultos mayores lidian con un sentimiento de soledad indeseada. Las visitas médicas frecuentes son casi una actividad social, la oportunidad de ser vistos y estar en contacto con otro”, indica la especialista.
Su diagnóstico es claro: “No estamos preparados para esta nueva realidad que se seguirá profundizando”. Y agrega: “Los cambios demográficos nos plantean un gran desafío. Tenemos que entender que el deber de alimentos y cuidados de hijos hacia padres y abuelos no solo es un mandato social, también es un deber legal, de todos por igual, consagrado por la Constitución Nacional y por tratados internacionales”.
“¿Esto te lo pregunté recién, no?”, dice Alicia C., de 81 años, después de cinco minutos de charla. “No sé qué me pasa. Me olvido de todo. Pero bueno, son los años, supongo. Tantos años. Pero me molesta que me traten como a una vieja, alguien que ya no sabe hacer nada, que quieran decidir todo por mí. No me dejan poner la mesa ni opinar de cómo se viste mi nieta. Ellos, mi familia, también repiten las cosas. Yo todavía estoy bien, quiero hacer cosas. Está bien que me cuiden, pero que no se pasen, todavía estoy viva, estoy acá”, dice a LA NACION.