El hallazgo de nuevos biomarcadores y síntomas cognitivos allanan el camino al diagnóstico temprano del alzhéimer, cuando todavía pueden retrasarse o paliarse sus devastadores efectos.

por Guillermo López Lluch, Universidad Pablo de Olavide

Lucha contra el Alzhéimer

El incremento paulatino de la población mayor y el alza de la esperanza de vida media abocan inexorablemente al aumento de la incidencia de las enfermedades que sabemos que están asociadas con la edad, que es el caso del alzhéimer.

Estas afecciones tienen tres denominadores comunes: el deterioro de las células y tejidos debido a la concentración de daños dentro y fuera de dichas células; la acumulación de las células disfuncionales que conocemos como envejecidas o senescentes y el incremento de marcadores que producen una inflamación crónica.

Prácticamente en todas las enfermedades vinculadas a la vejez encontramos estos tres factores; los cuales, a su vez, están interconectados y se retroalimentan.

Para poder adelantarnos a la aparición de esas dolencias y tomar precauciones o afrontar tratamientos que reduzcan su progresión, necesitamos identificar compuestos o actividades que nos avisen de una manera fiable de que algo está funcionando mal. Es lo que llamamos biomarcadores.

¿Qué es un biomarcador?

Los biomarcadores son sustancias que se encuentran de modo natural en nuestro organismo. Pero si sus niveles aumentan o descienden, eso indica que algo no está transcurriendo adecuadamente.

Por ejemplo, el Gobierno de España ha incrementado recientemente la cartera básica de análisis que deben hacerse con la prueba del talón. Este test consiste simplemente en un análisis de una serie de sustancias presentes en la sangre del bebé –biomarcadores– que nos van a decir si su metabolismo es normal o existe alguna anomalía. Obviamente, si sabemos que puede haber un problema nada más nacer, se pueden tomar medidas cuanto antes y evitar el daño.

Otros biomarcadores muy conocidos son los niveles de glucosa en sangre para la diabetes de tipo I y tipo II, muy frecuente en personas mayores. Un aumento de la glucosa a pesar de que haya insulina indica que nuestras células musculares y adiposas no son capaces de responder a dicha hormona. Entonces estamos desarrollando una diabetes tipo II asociada con la edad.

También se han ideado mecanismos para detectar precozmente la presencia de un cáncer. Por ejemplo, el antígeno prostático específico (PSA) es producido por las células normales de la próstata, pero mucho más por las cancerosas. Si aumenta su cantidad en la sangre, esto puede indicar que se está desarrollando un proceso canceroso. En el caso del cáncer de colon, el cribado equivalente es la detección de sangre en las heces.

De hecho, la creación de herramientas de detección temprana en el cáncer se encuentra en la actualidad en plena evolución con las llamadas biopsias líquidas, que buscan biomarcadores de procesos cancerosos.

¿Podemos encontrar biomarcadores del alzhéimer?

Todo lo descrito anteriormente se refiere a procesos patológicos que producen efectos muy reconocibles y que pueden ser detectados por metabolitos o por proteínas anormalmente abundantes en la sangre. Sin embargo, es más complejo identificar procesos más lentos y que afectan a órganos muy estancos, como el sistema nervioso central.

El sistema nervioso central está separado del torrente sanguíneo por una serie de células del sistema vascular y el propio sistema nervioso que controlan el paso de sustancias desde la sangre hacia el tejido nervioso y viceversa. A este sistema lo conocemos como barrera hematoencefálica.

Como su nombre indica, dicha barrera es muy impermeable al tráfico de sustancias y controla todo lo que pasa, a no ser que esté dañada y pierda su función, como sabemos que ocurre en los procesos neurodegenerativos. Ese deterioro provocaría que proteínas presentes en el cerebro pudieran pasar al torrente sanguíneo y ser detectadas como biomarcadores del daño.

De hecho, eso es lo que están detectando estudios como el que ha presentado hace poco un grupo de científicos de la Universidad de Shanghái. Sus resultados muestran incrementos de proteínas asociadas con el alzhéimer como proteínas beta-amiloides y tau, la proteína glial fibrilar ácida o la proteína ligera de neurofilamentos.

El problema es que estas proteínas aparecen en la sangre cuando el deterioro cognitivo ya ha comenzado e incluso está avanzando y presenta síntomas claros. Es decir, cuando ya es demasiado tarde.

En busca de señales para los estados iniciales de la enfermedad

Necesitamos descubrir biomarcadores que nos ayuden a abordar la enfermedad de una manera precoz, porque los hábitos de vida y la actividad física y social previenen el deterioro. Recientemente, nuestro grupo de investigación ha demostrado que la pérdida en la capacidad ejecutiva –es decir, un deterioro en la toma de decisiones– precede al deterioro cognitivo.

En esta misma línea, un estudio reciente de la Universidad de Toronto ha demostrado que cambios en la velocidad del habla, debidos a la incapacidad para encontrar la palabra adecuada, podrían ser indicadores del inicio de un declive en la salud cerebral.

Así pues, pruebas específicas encaminadas a encontrar anomalías en la toma de decisiones y en el habla podrían ser importantes para actuar en las fases iniciales y ralentizar la progresión de la enfermedad.

Además, en los últimos años se ha demostrado que el deterioro cognitivo va asociado a un proceso de neuroinflamación en el que se incrementan una serie de citoquinas inflamatorias y factores de activación de las células de glia. La identificación de esas citoquinas podría ser crucial para tomar medidas antes de que la neuroinflamación acabe destruyendo las neuronas.

Por otro lado, está cada vez más claro que evitar los desperfectos de la barrera hematoencefálica es clave para reducir y ralentizar el declive cognitivo. Moléculas esenciales para el metabolismo y los sistemas antioxidantes como la coenzima Q10, que evita el deterioro del sistema vascular, han demostrado su relación con el mantenimiento de la capacidad ejecutiva y cognitiva en personas mayores.

Fuente: https://theconversation.com/estamos-mas-cerca-de-la-deteccion-precoz-del-alzheimer-225324


Con la coenzima Q10 se podría detectar el envejecimiento cerebral en un análisis de sangre

En un análisis de sangre medimos los niveles de glucosa para detectar diabetes, los de colesterol para prevenir enfermedades cardiovasculares, las enzimas hepáticas para detectar un daño en el hígado o ciertos marcadores como la PSA para detectar cáncer.

Pero ¿qué hay del deterioro cognitivo? ¿Hay algún biomarcador que nos indique cómo de envejecido está nuestro cerebro? Nuevos estudios apuntan a que la coenzima Q10 es una interesante candidata.

por Cristina Fernández Portero – Associate professor, Universidad Pablo de Olavide & Guillermo López – Catedrático del área de Biología Celular. Investigador asociado del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo. Investigador en metabolismo, envejecimiento y sistemas inmunológicos y antioxidantes., Universidad Pablo de Olavide

Un siglo del descubrimiento del alzhéimer y sigue sin tratamiento

Hace más de un siglo que se empezó a hablar del alzhéimer y aún nos sigue dando quebraderos de cabeza. Sobre todo últimamente, con una población cada vez más envejecida y el consiguiente crecimiento de las enfermedades propias de la edad avanzada.

La realidad es que, pese al empeño de los investigadores, las terapias clínicas abordadas hasta el momento para combatir el deterioro cognitivo han fracasado. Incluso, recientemente, se han puesto en cuestión los datos de ciertos estudios que enfocaron las posibles terapias a la acumulación de proteína amiloide o de ovillos tau, dos de los procesos moleculares y celulares más comunes en el alzhéimer, pero también en el envejecimiento no patológico.

El desafío ahora es analizar en profundidad otros procesos diferentes que puedan estar relacionados con la pérdida de funcionalidad asociada a la demencia senil. Entre ellos, el daño oxidativola inflamación crónica e incluso las infecciones bacterianas. Este enfoque podría conducirnos, quién sabe, a otro tipo de terapias más efectivas.

Probar tratamientos en personas mayores no es nada fácil

Los eventos que ocurren durante el envejecimiento son muy complejos, y además no siempre evoluciona igual. Cada célula, tejido u órgano va perdiendo funcionalidad de maneras y a velocidades diferentes. Por eso cuesta tanto encontrar un factor común hacia el que dirigir las posibles terapias.

Por otra parte, por razones obvias, los estudios clínicos realizados con seres humanos no permiten abordar intervenciones que puedan producirles daño. Deben estar avalados por estudios preclínicos previos que permitan comenzar el tratamiento con humanos con cierta seguridad. Aún así, en la primera fase de un estudio clínico siempre se estudia la seguridad del tratamiento y se aborda sobre una pequeña población. Pero claro, el riesgo de que en personas mayores aparezcan señales de deterioro de la salud, independientes del tratamiento, es alto. Por eso a partir de ciertas edades ni siquiera se considera a estos pacientes como candidatos a un estudio clínico.

¿Qué nos queda entonces con las personas muy mayores? Pues estudios observacionales donde se analizan los resultados obtenidos a partir de muestras fáciles de obtener, como la sangre, y de procedimientos livianos que no produzcan daño en los participantes. A veces son estudios puntuales y otras estudios longitudinales que siguen a una población durante años.

Aunque sabemos que correlación no implica necesariamente causalidad, sí podemos usar biomarcadores para detectar la diabetes o el riesgo de enfermedades cardiovasculares. De ahí el interés de encontrar el equivalente para las enfermedades neurodegenerativas.

¿Podría ser la coenzima Q10 un marcador de deterioro cognitivo?

La coenzima Q10 (CoQ10) es una molécula esencial para la vida. No existe ningún organismo en la Tierra que no contenga esta molécula o alguna de sus variantes. No solo resulta esencial para la generación de energía por parte de las mitocondrias, sino también para proteger las membranas celulares y el colesterol del plasma sanguíneo de la oxidación.

Es comprensible, por tanto, que su deficiencia ocasione un deterioro de la funcionalidad del cerebelo, el oído, el músculo y el riñón. Incluso puede provocar la muerte a edades muy tempranas.

A lo largo de la vida los niveles de CoQ10 van descendiendo a diferente velocidad dependiendo de los órganos. En la sangre estos niveles no presentan una relación clara con la edad aunque sí con la capacidad física. Además, nuestro reciente estudio ha demostrado que los niveles de CoQ10 en la sangre están muy relacionados con la capacidad ejecutiva y cognitiva en personas mayores. Sorprendentemente, menores niveles de CoQ10 en plasma se asociaron con mayor riesgo de demencia y menor capacidad ejecutiva.

¿Por qué? Una posible explicación es que el CoQ10 del plasma influye directamente sobre las células que revisten los vasos sanguíneos, conocidas como endotelio vascular. En el cerebro, este endotelio (barrera hematoencefálica) está muy especializado y controla el tránsito de sustancias y células desde la sangre. Y resulta que durante el envejecimiento aumenta su permeabilidad, influyendo en los procesos degenerativos.

Afortunadamente, existen enzimas implicadas en la protección antioxidante de las células endoteliales, aunque para funcionar requieren de CoQ10. De ahí se deduce que altos niveles de CoQ10 circulante en la sangre preservarían la capacidad de la barrera hematoencefálica durante el envejecimiento, previniendo así las enfermedades neurodegenerativas.

Aunque hacen falta más estudios que lo confirmen, todo apunta a que la CoQ10 puede ser un excelente marcador del deterioro cognitivo.

Fuente: https://theconversation.com/con-la-coenzima-q10-se-podria-detectar-el-envejecimiento-cerebral-en-un-analisis-de-sangre-190353

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