Los riesgos silenciosos de los +50 que suman a sus exigencias el cuidado de sus padres mayores
por Josefina Gil Moreira
Hace seis meses, Patricia Ramírez, de 45 años, se mudó de Caballito a Lanús para estar más cerca de sus padres y poder cuidarlos con mayor dedicación.
El cambio de vida le implica, entre otras cosas, que su hija menor, de 14 años, tenga un viaje más largo a la escuela y que ella misma invierta más horas de traslado al trabajo.
El reacomodamiento es drástico, pero fue la solución que encontró esta familia para que los mayores estén seguros y acompañados.
El cuidado de los padres, que llegan a edades cada vez más avanzadas, dispara nuevas rutinas y desafíos emocionales que marcan estos tiempos.
“Estoy atenta a la pequeña con sus estudios, sus viajes en colectivo, su odontóloga, estoy pendiente de mis papás, sus turnos médicos, sus medicamentos, sus trámites, y atiendo también a mis hijos más grandes con sus gastos y sus preocupaciones. Me siento bastante agobiada, sobre todo con mis papás, porque no tengo tanto apoyo y todo recae sobre mí”, dice Patricia a LA NACION.
Ella es el sostén de sus padres no solo en los cuidados y en el plano emocional sino también en el aspecto económico. Patricia, que es abogada y trabaja full time, se ocupa de que nada le falte a su mamá, Dolores, que tuvo cáncer de mama, ni a su papá, Sergio, de 70 años, con una condición cardíaca. Las responsabilidades y exigencias parecen no tener fin en la vida de Patricia. Pero su situación es cada vez menos excepcional. Forma parte de la llamada generación lasaña, el grupo de personas entre los 40 y los 60 años que hacen equilibrio entre el cuidado de los hijos, a quienes les resulta difícil independizarse, y el de sus padres mayores, que empiezan a tener demandas constantes.
Se suma el trabajo que también genera presiones diarias. El fenómeno responde en gran medida a la mayor expectativa de vida y la irrupción de una nueva longevidad, que LA NACION aborda desde esta serie en sus múltiples dimensiones. Ante esta realidad, la generación del medio afronta sentimientos de culpa por no llegar a cumplir con todas las responsabilidades; de soledad y abandono por no contar con las herramientas necesarias para transitar esta etapa, y un agotamiento físico y mental que en ocasiones se traduce en patologías. La pregunta se impone: ¿quién cuida la salud mental de los que cuidan?

Para estar más cerca de sus papás, Patricia se mudó de Caballito a Lanús; Susan decidió que sus padres mayores vivan con ella, su marido y su hijo
Reemplazo generacional, en crisis
A Patricia la ayuda su marido, a quien describe como un gran sostén. Pero no siempre es sencillo construir redes de apoyo. Lo sabe Jorgelina —quien prefirió reservar su nombre completo—, una mujer de 47 años que vive en Berisso y se siente absolutamente sola en esta etapa. De ella dependen sus dos hijos más chicos, de 20 y 17 años, y su madre, que está cerca de los 70 y tiene un tumor cerebral, además de EPOC y problemas psiquiátricos que se intensificaron con la edad.
“Soy acompañante terapéutica y tengo un emprendimiento de cuadernos. Cuando termino mis 10 horas de trabajo diario, llego a casa y me tengo que ocupar de todo. Mis hijos reclaman más de lo que uno gana y mi mamá tiene cada vez más gastos en personal porque a mí no me da el tiempo para estar físicamente en su casa. Estoy con anemia y tengo picos de estrés por esta situación”, expresa. Jorgelina hace terapia y se refugia en amigos.
“Algunos están pasando por situaciones similares, no a mi nivel, pero sí hay muchos lidiando con el cuidado de padres, hijos y trabajos múltiples porque los sueldos no rinden y el tiempo tampoco”, describe.
María Julieta Oddone, socióloga, doctora en antropología, investigadora del Conicet y directora del programa Envejecimiento y Sociedad de Flacso, pone el fenómeno en contexto. “Esta es la primera vez en la historia del mundo donde las sociedades son viejas. A mitad de 1970, la sociedad argentina entró marcadamente en una sociedad envejecida, nunca ha disminuido tanto la natalidad como ahora.
En el último censo la tasa de reemplazo fue del 1,5 y necesitamos por lo menos 2,1 o 2,5 para que haya un reemplazo generacional. En paralelo, se incrementa la expectativa de vida. Por lo tanto, la única población que está en constante aumento es la mayor, en particular la que está compuesta por mayores de 80 años”, explica.
Los datos del último censo en la Argentina son contundentes. El segmento de 65 años y más comprendía al 10,6% de la población en 2010, mientras que en 2022 llegó al 12% y se estima que para 2040 alcanzará el 16,4%, según señala el documento:
La transformación de la población argentina del Indec. A su vez, este informe muestra que en la Argentina, luego de una caída registrada a mediados de los 90, la tasa de fecundidad se mantuvo relativamente estable en valores promedio de 2,4 hijos por mujer. Sin embargo, desde 2015 se evidencia un nuevo período de descenso: en 2022 llegó a 1,4.
“Estos cambios demográficos impactan en toda la población. Las características de las familias actuales es que tienen pocos hijos, uno o ninguno, poca población adulta y dos o hasta tres generaciones hacia arriba”, indica Oddone. Entre la baja natalidad y el envejecimiento poblacional, la generación lasaña —más conocida en el ámbito de la gerontología como generación sándwich— tiene cada vez más personas a su cargo y menos descendencia que pueda brindar ayuda.
“Hoy las familias están exigidas porque son pocos miembros y se encuentran solos para dar abasto”, subraya la experta.
