Comunicarse es básico para el desarrollo emocional y social; aunque cambien las claves, es necesario seguir haciéndolo durante la adolescencia.
por Joan Tahull Fort, Universitat de Lleida

Todos hemos pronunciado o escuchado alguna vez estas palabras (o algunas similares) de la boca del padre o madre de un adolescente: “No me cuenta nada. Se pasa el día encerrado en su habitación, si sale lleva los cascos puestos y no me oye, me contesta con monosílabos y parece que le molesta que intente hablar con él…”.
Más allá de que la adolescencia tenga una imagen pública de fase “complicada”, en la que hijos, nietos o sobrinos se transforman de dulces niños a jóvenes huraños, lo cierto es que la falta de comunicación efectiva entre los jóvenes y los adultos es un problema recurrente que puede afectar el desarrollo emocional y social de los primeros.
¿Por qué cuesta comunicarse?
Las diferencias generacionales, sumadas a la búsqueda de identidad y autonomía características de la infancia y adolescencia, a menudo generan conflictos y malentendidos. Los adultos, muchas veces, emplean métodos de comunicación que los jóvenes perciben como anticuados o autoritarios, lo que refuerza la desconexión.
Frente a esta situación, resulta crucial identificar estrategias que mejoren la comunicación, fomentando el entendimiento mutuo. La empatía, el diálogo abierto y la creación de un ambiente de confianza contribuye a que niños y adolescentes se sientan escuchados y valoren compartir tiempo con los adultos, lo que promueve relaciones más saludables y constructivas.
La brecha generacional: un abismo en la comunicación
Una de las principales dificultades a las que se enfrentan los niños y adolescentes cuando escuchan a los adultos es la brecha generacional. Esta distancia no solo se manifiesta en las diferencias de edad, sino también en las distintas experiencias de vida, valores y perspectivas que ambas generaciones tienen.
Los adultos, a menudo, tienden a utilizar formas de comunicación que pueden parecer desfasadas o irrelevantes para los jóvenes, quienes están inmersos en un mundo acelerado y tecnológico. Por otro lado, los niños y adolescentes suelen desestimar los consejos y advertencias de los adultos, considerando que están basados en experiencias de un tiempo pasado, alejado de su realidad actual.
La tecnología y la cultura digital han exacerbado esta brecha, generando un entorno en el que los adultos, muchas veces, se sienten extraños o desorientados.
Los jóvenes pueden percibir a los adultos como figuras autoritarias pero desactualizadas, por lo que es necesario un esfuerzo consciente por ambos lados. Los adultos pueden, por ejemplo, involucrarse en los intereses y tareas de los adolescentes. Estar con ellos y que se sientan acompañados. Se pueden realizar actividades intergeneracionales y profigurativas, participar juntos en proyectos comunitarios y voluntarios, y buscar un tiempo de recogimiento y reflexión conjunta, que se puede lograr desde compartiendo paseos en la naturaleza hasta viendo alguna película o serie en común.
Por otra parte, para que los jóvenes valoren la experiencia de las generaciones anteriores y su sabiduría hace falta la convivencia, el ejemplo y el diálogo. Cuando los adultos comparten experiencias y enseñanzas con los jóvenes, les presentan una perspectiva quizás alejada, pero si se sabe explicar bien, valiosa para enfrentarse a los retos de la vida.
La búsqueda de identidad y autonomía
Durante la infancia y la adolescencia, los jóvenes están en una constante búsqueda de identidad y autonomía. Este proceso natural, aunque necesario para el desarrollo personal, puede crear fricciones con las figuras de autoridad, como padres y docentes.
En su afán por encontrar su propio camino y definir su identidad, los adolescentes suelen cuestionar, desafiar y, en muchos casos, ignorar los consejos de los adultos. Este comportamiento es, en parte, un mecanismo para afirmar su independencia y diferenciarse de sus padres y otros adultos.
Sin embargo, esta búsqueda de autonomía puede llevar a que los jóvenes desoigan advertencias y consejos que podrían ser valiosos para su desarrollo y bienestar. Es fundamental que los adultos comprendan este proceso y no lo interpreten como una simple rebeldía o desobediencia.
En lugar de imponer su autoridad, es recomendable que los adultos promuevan un ambiente de diálogo abierto y respetuoso, donde los adolescentes se sientan escuchados y valorados. Así, es más probable que los jóvenes estén dispuestos a escuchar y considerar los puntos de vista de los adultos, sintiéndose respetados en su proceso de autoafirmación.
La confianza y la empatía en la comunicación
La falta de confianza y empatía es otro factor crucial que dificulta la comunicación entre niños, adolescentes y adultos. Cuando un joven no siente que puede confiar en un adulto, es menos probable que escuche o siga sus consejos.
Esta desconfianza puede originarse por diversas razones: experiencias pasadas de incomprensión, un ambiente familiar o educativo autoritario, o simplemente la percepción de que el adulto no entiende sus problemas y preocupaciones.
La empatía, por otro lado, es clave para construir puentes de comunicación efectivos. Cuando un adulto se pone en el lugar del joven, demostrando comprensión y sensibilidad hacia sus emociones y desafíos, se crea un ambiente propicio para el diálogo. Los niños y adolescentes son más receptivos cuando sienten que sus sentimientos son validados y sus preocupaciones son tomadas en serio.
Para fomentar esta empatía, los adultos deben hacer un esfuerzo consciente por escuchar activamente, sin juzgar, y responder de manera constructiva. Este enfoque no solo facilita la comunicación, sino que también fortalece el vínculo afectivo, generando un entorno de confianza donde los jóvenes se sienten seguros para expresarse y escuchar.
Estrategias para mejorar la comunicación y el entendimiento
Dado el contexto complejo de la relación entre niños, adolescentes y adultos, es importante adoptar estrategias que promuevan una mejor comunicación y entendimiento mutuo.
Una de estas estrategias es el diálogo abierto y frecuente. En lugar de limitar las conversaciones a temas superficiales o disciplinarios, los adultos deben buscar oportunidades para hablar sobre asuntos de interés común, como experiencias personales. Este tipo de conversaciones ayudan a reducir la distancia emocional y a construir una relación más cercana y comprensiva.
Otra estrategia efectiva es el establecimiento de límites claros, pero negociables. Es fundamental que los adultos establezcan normas y expectativas, pero también es importante que estas reglas sean discutidas y comprendidas por los jóvenes. Involucrarlos en la creación de estas normas no solo facilita su cumplimiento, sino que también les enseña responsabilidad y respeto mutuo. Además, es crucial que los adultos den ejemplo con su comportamiento, demostrando coherencia entre lo que dicen y lo que hacen. Los jóvenes son muy observadores y, a menudo, aprenden más del ejemplo que de las palabras.
Finalmente, es vital que tanto adultos como jóvenes trabajen en el desarrollo de habilidades de escucha activa. Esto implica prestar atención plena, evitar interrupciones y hacer preguntas para clarificar y profundizar en la conversación. Fomentar la escucha activa no solo mejora la calidad de la comunicación, sino que también demuestra respeto por el otro, reforzando el vínculo y la disposición a aprender mutuamente.
Fuente: https://theconversation.com/no-escuchan-los-adolescentes-o-no-nos-sabemos-comunicar-239244
¿Nos enfrentamos a una lucha entre generaciones? La profiguración y la sostenibilidad social
En la película española Alcarrás, la directora Carla Simón nos hace reflexionar sobre la sostenibilidad humana: lo hace desde una perspectiva “glocal” (global desde lo local) en la que la relación y dependencia entre generaciones tiene un papel fundamental.
por Fidel Molina-Luque, Catedrático de Sociología, Universitat de Lleida
En su descripción de la vida de una familia de agricultores de Lleida en la época actual, plantea un problema cercano y comunitario que se enmarca en una situación global. La historia demuestra la vigencia de la máxima “piensa globalmente, actúa localmente” y la importancia de nuestras actuaciones individuales en el devenir comunitario y social.
En la película se crean y se recrean espacios intergeneracionales. Las distintas generaciones tienen sus propios espacios, pero también se muestran los espacios comunes: las niñas y niños interactúan con los hermanos y hermanas (y primos, tíos, tías), con los adultos y con los abuelos. Aprenden canciones, juegan a ser adultos y dan frescura y distanciamiento frente a los problemas que van surgiendo. Los adolescentes y adultos se retan en el aprendizaje de la vida que “va en serio”. Los abuelos ayudan a los padres en esta vida centralizada en la subsistencia, pero también dando respiros alternativos.
Es un mundo de cuidados intergeneracionales: todos y todas cuidan a los demás. Pero dejando aire suficiente entre cada generación. ¿Se están perdiendo, al igual que los melocotoneros de la película, estos espacios familiares en que todos –mayores, pequeños, jóvenes y adultos– tienen su papel?
Ruptura generacional
El pacto entre generaciones es una necesidad social en este mundo globalizado en el que una serie de situaciones tensionan la convivencia. Aunque quizá no tanto como para hablar de una “lucha entre generaciones” que sustituye a la lucha de clases, hay datos objetivos que indican que la tensión entre generaciones está aumentando.
La pandemia de covid-19 ha facilitado algunos cuidados intergeneracionales pero ha provocado, en otras ocasiones, un mayor distanciamiento entre las generaciones: se han incrementado los tópicos en relación con los mayores y los jóvenes, y el edadismo con visiones de los jóvenes como egoístas y violentos, poco respetuosos o poco comprometidos.
Al mismo tiempo, la generación de entre 19 y 34 años tiene muchas dificultades para emanciparse y alcanzar una autonomía consolidada. Muchos jóvenes dudan sobre tener hijos porque ven el futuro muy incierto y sobre todo no ven clara la sostenibilidad del planeta. El paro alcanza unos porcentajes desorbitados entre los jóvenes: una tasa de 29,4 % en España, una media de 14,4 % en Europa y en Latinoamérica llega al 20,5 %, en un marco de temporalidad y precariedad.
Por otra parte, los índices de pobreza están aumentando particularmente entre la población infantil y los adultos mayores. Muchos ancianos viven en soledad no deseada y, a veces, son objeto de discriminación por edad (edadismo) o incluso de engaños.
“Profiguración”: un nuevo contrato social
En este sentido, es preciso un cambio de mentalidad que permita establecer un renovado pacto social, basado en la interdependencia entre generaciones. El entendimiento entre generaciones es además el mejor enfoque para afrontar la sostenibilidad del planeta.
Este renovado contrato social ha de poner los cuidados en el centro de la política social (servicios sociales, política fiscal, cuidado de grupos vulnerables) para comprometernos por un mundo común y mejor.
El término “profiguración” (a partir del latín figuratio –formar parte de un determinado conjunto de personas, también destacar o ser considerado importante– y del prefijo latino pro –en favor de–) hace referencia a este acuerdo y reconocimiento necesario entre generaciones en la sociedad actual.
Se trata de un nuevo tipo de socialización que aúna y transciende la postfiguración, configuración y prefiguración de Margaret Mead y actualiza la figuración social de Norbert Elias.
¿Por qué crear una palabra nueva?
Las palabras tienen efecto sobre las personas (el efecto perlocutivo): si hablamos de paz, estaremos pacificando, si hablamos de convivencia, conviviendo… si hablamos de profiguración, estaremos profigurando, estableciendo relaciones respetuosas, complementarias y enriquecedoras entre generaciones.
Nombrar una idea, dar nombre a enfoques renovados y renovadores, es identificar posibles alternativas de debate y de orientar la acción. Si algo no se nombra no existe y, al contrario, si se define, nos permite comprender y actuar.
Superar puntos ciegos
El “punto ciego generacional” no nos permite ver más allá de parámetros intrageneracionales, tomando decisiones cortoplacistas, pero no de futuro. La profiguración es la visión binocular o estereoscópica para superar dicho punto ciego.
Está basada en la comunicación y en el diálogo, en la interacción social y la interdependencia humana. En descubrir la necesidad del otro, de la convivencia, del altruismo y de la solidaridad: las relaciones intergeneracionales permiten aprender el arte de vivir entre niños, jóvenes, adultos y ancianos… y superar los prejuicios o discriminación por razones de edad (tanto en relación con la gente mayor como con los jóvenes).
La profiguración advierte sobre la supuesta ruptura entre generaciones y ayuda a evitarla o superarla, teniendo en cuenta las generaciones presentes y las generaciones futuras. Se ha de analizar cómo la toma de decisiones actual influirá en esas generaciones futuras.
Un ejemplo de pensar (y actuar) teniendo en cuenta las generaciones futuras lo encontramos en los pueblos Oglala Lakota en Dakota del Sur, obligados a incorporar en sus tomas de decisiones los intereses de las personas de siete generaciones posteriores.
El futuro del planeta y de la humanidad
Ya en los años 70 del siglo pasado, la antropóloga Margaret Mead hablaba de una ruptura generacional a nivel planetario. Hoy, ante las llamadas a la acción en relación con la sostenibilidad del planeta, cuando las últimas Cumbres del Clima no están teniendo los resultados esperados ni tampoco la Agenda 2030 con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), es todavía más importante evitarla.
Teniendo en cuenta la importancia de la conservación del medio ambiente, de la salud y la sostenibilidad humana, y, por tanto, del bienestar de las generaciones presentes y futuras, la profiguración se nos muestra como el nuevo contrato social intergeneracional que debe facilitar un futuro de cuidados y sostenible.